
Mi Kabbala – Av 15, 5785 – Sábado 9 de agosto del 2025
¿Amamos?
El Texto de Textos nos revela en Joel 2:13, “rásguense el corazón y no las vestiduras. Vuélvanse al Señor su Creador, porque él es bondadoso y compasivo, lento para la ira y lleno de amor”.
En la Biblia, el amor, Ahavá (אהבה), es un acto de dar que, a diferencia del eros griego, nos incita a la pasión, lo cual suma en pro de ese vínculo perfecto que nos lleva al ágape, sentimiento filial que nos integra al fluir divino, en un mundo donde obviamos ese amor propio que como estima nos lleva a valorar lo que somos, decimos, hacemos, pero, sobre todo, a las personas con las cuales convivimos. Un amor que no entiende el egoísmo, haciéndonos próximos de esos otros, gracias a que asumimos que, por medio de este fluir nos sentimos parte y no aparte; compartimos, en vez de competir.
El amor puro y celestial que promovió nuestro Señor Jesucristo busca que nos integremos con nuestros prójimos a través de cada interacción, donde debe fluir, por lógica, la armonía (הרמוניה) en nuestras relaciones, las mismas que gracias a ese vínculo nos alinea con nuestro Padre Celestial, quien nos lo ha dado todo y solo espera que nosotros seamos útiles a sus propósitos, lo que implica direccionar nuestra mirada a sentimientos y emociones que sin desdecir de nuestras necesidades y satisfactores nos inciten a crecer como hermanos, alejándonos así de esa visión egoísta que nos mantiene confundidos y nos lleva a apegarnos y querer adueñarnos de todo.
Coexistir sabiéndonos útiles a ese plan divino es lo que es nos posibilita asumir la vida desde otra perspectiva más fraternal y servicial, la misma que nos permite mantenernos dentro de esa empatía necesaria para sabernos uno con los demás, entendiendo así que ya no dependemos de esos sentimientos que fluctúan regularmente en nuestras relaciones y que, cuando se perciben como adversos, nos distancian; para por fin llenarnos de argumentos que nos hagan aproximarnos tanto a los otros como a nosotros mismos y al Creador, gracias a una nueva realidad, alejada de tantos egoísmos (אַנִיּוּת, aniyut).
Afecto que no desdice de la intimidad que como pareja (לְהִתְקָרֵב, lehitkarev), nos permite complementarnos, quitándole a esa pasión dicha ceguera que nos hace obviar los propósitos de la relación marital, la misma que implica el consolidar una familia, que gracias a unos hijos nos desenfoca de esa ilusión inconsciente que convierte el sexo casi que en una obsesión, cuando es ese amor filial el que nos transforma y purifica, a medida que nos dejamos guiar por ese fluir divino, el cual además nos ayuda a distanciarnos de todos esos sentimientos nocivos que proliferan en nuestras interacciones.
La celebración de Tu B’Av (ט״ו באב), más que una fiesta alegre en aquellos días del Templo en Jerusalén y que marcaba el comienzo de la cosecha de la uva, así como el Yom Kipur que es su final, nos motivan como creyentes a ver en esas novias o mujeres solteras que usan un ropaje blanco que se impregna de amor, a lograr mover nuestra voluntad para generar en ese idilio un compromiso entre todos nosotros como hijos del Creador, prójimos que están prestos a corregir todo aquello que no solo nos está distanciando de Él, sino evitando que aportemos a ese bienestar general que es Su plan.
El Texto de Textos nos revela en I de Juan 4:20, “si alguien afirma: Yo amo al Creador, pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar al Creador, a quien no ha visto”.
Oremos para que el Creador nos guie para vincularnos cada vez más a Él.



