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Resplandor… sus chispas de luz iluminan todo…

El Zóhar, enseña que: “El mundo fue creado por medio de las letras del alfabeto hebreo.” (Zóhar, Bereshit 2a). Cada letra hebrea es una emanación divina, con energía propia.
Dios no formó el mundo con manos, sino con combinaciones de letras sagradas, es decir, narración sagrada.

El verbo crea realidad. Según el Zóhar: Las letras son vasijas de luz. Las palabras contienen intención espiritual (kavaná). Hablar conscientemente es un acto co-creador.

Esto significa que el ser humano, hecho a imagen de Dios, también posee el poder de crear o destruir con la palabra. Por eso, en la Kabalá, hablar mal, juzgar o mentir altera la estructura espiritual del mundo.

Estos versículos hacen eco de enseñanzas profundas del Zóhar, que afirma que el mundo fue creado y es sostenido por combinaciones de letras sagradas y vibraciones de la voz divina (Zóhar I, 2b-3a).

La palabra no es sólo un sonido: es una fuerza, una luz codificada, una estructura del alma divina. Así, todo lo que somos —alma, cuerpo, conciencia— está escrito en el lenguaje del Creador.

El Zóhar enseña que cuando la luz de la Palabra divina toca el alma, se despiertan “chispas de conciencia” (nitzotzot), que iluminan el alma como relámpagos en la oscuridad.

Pero también dice: “Si el corazón no está limpio, la Palabra no se revela completamente, y el hombre vive en un espejo roto.” (Zóhar, Bereshit 20a)

Esto significa que sin trabajo interno, lo que recibimos son solo fragmentos, reflejos rotos, y no la visión clara de la realidad divina.

El Zóhar enseña que el universo fue creado con las letras del alfabeto hebreo, que son más que símbolos: son vasijas de luz divina. Dios “miró en la Torá y creó el mundo” (Zóhar Bereshit 134a), lo que significa que la Torá es el código fuente del universo, y nosotros somos palabras vivientes dentro de esa narración.

Cuando el alma se desconecta de su propósito, entra en un estado de “desorden de letras” —una distorsión del texto original divino. Pero si se purifica, puede alinearse nuevamente con la narración sagrada, o como dice el Zóhar: “volverse una sílaba correcta en el Nombre del Altísimo”.

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