
Mi Kabbala – Shevat 8, 5786 – Lunes 26 de enero del 2026.
¿Misterios?
El Texto de Textos nos revela en Génesis 27:28, “el Creador, pues, te dé del rocío del cielo y de los frutos de la tierra, y abundancia de trigo y de mosto”.
Palabras como misterio, místico, secreto y oculto (עלום) entre otras, han dominado nuestras creencias así como nuestra visiones filosóficas. Molde religioso que ha derivado en que se tejan al respecto de la espiritualidad cientos de especulaciones y elucubraciones, algunas de las cuales intentan explicar lo inexplicable producto de un lenguaje limitado que solo reproduce controversias, las mismas que redundan en confundir nuestros pensamientos, soportados en ese modelo mental lleno de cuestionamientos y respuestas engañosas que nos desorientan aún más, alejándonos así de nuestro misericordioso Padre Celestial.
Afortunadamente en la Biblia está la única verdad (emet, אמת), esa que en ocasiones no logramos comprender producto de querer interpretarla desde nuestras milenarias inquietudes, esas que cogobiernan nuestras reflexiones, lo que hace que todos estos enigmas se enfrenten con Sus revelaciones proyectando confusiones en nuestra estrecha capacidad intelectual; dudas, que necesitan de esa fe que como fuerza espiritual nos permite reconocernos a través de otros escenarios, distintos, tal y como Su Palabra nos lo propone, perspectiva, que nos otorgará esa claridad mental para no seguirnos dejando engañar por quienes nos quieren asustar con sus supuestos misterios ocultos.
Con esos mitos y ritos hemos llenado nuestras enciclopedias de suposiciones, despertando más intranquilidad y curiosidad, en vez de entender lo esencial. Dimensión espiritual que con sus principios y fundamentos nos recuerda que si se lo permitimos, Él nos guía a través de Su Espíritu, siendo necesario eso sí, que atendamos Sus manifestaciones, las cuales iluminan nuestra conciencia, la misma que nos permite que lo que parecía oculto salga a la luz y que a medida que entendamos ello, ese concepto de maldad (רִשְׁעָה, rish’a), producto del pecado con sus fragmentaciones, no siga afectándonos y menos infectándonos ya que nos sabemos parte integral de Su obra y a ella le aportamos lo mejor de nosotros.
Cada signo lingüístico que vibra con Su palabra (יְהוָ֞ה, Yavé) contiene esas señales divinas que se reproducen como chispas de Luz: fuego de Su Espíritu (ר֫וּחַ, Ruah) que con sus destellos hechos mensajes nos permiten el comunicarnos de forma más diáfana con Él: nuestro alfa y omega, nuestra plenitud perfecta, fuente de nuestras coexistencias, ser a través del cual nos redescubrimos gracias a Su amor, vinculo que nos aporta otro tipo de reflexiones y argumentaciones, unas que le dan a nuestras vivencias la posibilidad de alejarse de esas reprogramaciones mentales milenarias que nos aíslan de Su plan.
Él nos guía y al leer, releer y estudiar Su Palabra, debemos en oración pedirle a Su Espíritu que nos ayude por nuestra fe a reencontrarnos con esas verdades profundas, para que a medida que escudriñemos e interpretemos esos signos lingüísticos, traduzcamos estos a nuestros idiomas y nos nutramos de Su amor: renovándonos, reenfocándonos gracias a sus enseñanzas, instructivo perfecto, para incluso ser ejemplo de esos sus diez mandatos (asara, עֶשֶׂר), fundamento para nuestros comportamientos, los mismos que nos hablan de Su perfección, la misma que nos ayuda a corregir nuestros constantes errores.
El texto de textos nos revela en Juan 20:29, “Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.
Oremos para que cada lectura Bíblica sea de crecimiento interior.



