
Mi Kabbala – Nisán 24, 5786 – Sábado 11 de abril del 2026.
¿Adam?
El Texto de Textos nos revela en Éxodo 20:20, “y Moisés respondió al pueblo: No temáis; porque para probaros vino el Creador, y para que su temor esté delante de vosotros, para que no pequéis”.
De la palabra Yesa (להושיע) proviene Yeshúa (Ieshúa) que significa Salvación, la cual contiene las letras del tetragrámaton; YHVH y de allí se deriva Josué o José, ancestro que filogenéticamente nos lleva al segundo Adam: Árbol de Vida, nuestro Señor Jesucristo, Creador humanado quien gracias a Su perdón nos devuelve a los frutos de la obediencia, a la vida eterna. Redentor, que nos evitó todos los inconvenientes, impedimentos, dificultades y riesgos que implica nuestra muerte terrenal, la misma que nos excluiría sin su Fe de la obra eterna del Creador producto de vivir alejados de Su amor y de su guía.
Su mensaje salvador como acto supremo debe entenderse desde lo esencial, para aplicarlo en el día a día, atendiendo así nuestro proceso de crecimiento que conlleva una transformación interior, que le da a ese futuro incierto terrenal otra perspectiva gracias a nutrirnos de esa Su luz, irradiando esta en todos nuestros entornos al identificarnos con Su palabra. Mandatos que simplemente nos reconfirman que Él nos lo dio todo y que quizá nuestra única labor adicional al obedecerle, es alabarle; agradecerle (todah, תודה), amar, atendiendo su plan. ya que todo nos lo otorgó al darnos vida.
Percibirnos más allá del tiempo terrenal y como partes de un todo, nos obliga a la vez a sabernos intrínsecamente fusionados con cada partícula que contiene Su esencia, lo que a su vez nos reitera que tenemos una trascendente misión que nos compromete con los otros a amarles, cultivando así nuestras mejores virtudes, esas que implican un servicio fraternal desinteresado en donde priorizamos el integrarnos, haciendo que nuestras oraciones (פָּלַל, Palál) más que pedirle, bien digan, al sabernos cada vez más parte de Él.
Se trata de renacer en cada amanecer recibiendo esa gracia del Creador, para así morir al pecado que simboliza la muerte, quizá por ello cada que nos acostemos deberíamos hacerlo con la satisfacción de saber que el nuevo amanecer nos regalará otra oportunidad de sabernos justificados de todos esos deseos impuros que nos cogobiernan y que implican nuestra lejanía simbólica con Él; mente, que contiene un enorme poderío sobre nuestras vivencias debido a que seguimos coexistiendo en un lenguaje egocéntrico que nos invita a dar nuevos pasos, los cuales nos pueden separar producto de un mundo idolatra (נִבְדָּל, nivdal) pecaminoso y contaminado que refleja nuestra naturaleza humana.
Aun la serpiente (נָחָשׁ, nakjásh) sigue tentándonos como a Eva y nosotros, continuamos cayendo, lo cual nos reitera la necesidad de ser guiados por Su Santo Espíritu para nuestra diaria transformación, esa que poco tiene que ver con cambiar por fuera, ya que se trata es de alejarnos de todo aquello que no nos permite vivenciar el mensaje salvador, ese que nos rescata del inframundo de los deseos en el que nos mantenemos hundidos, fruto de comer del árbol del conocimiento del bien y el mal, cuando debemos es elevar nuestra conciencia a la dimensión de la Luz dándole un nuevo sentido a todo, al proyectarnos a la vida eterna, aquí y ahora gracias a nutrirnos de Su palabra.
El Texto de Textos nos revela en I de Corintios 15:21, “porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. 22 Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados”.
Oremos para que el mensaje de Salvación del Creador resignifique nuestros días.



