
Mi Kabbala – Iyar 15, 5786 – Sábado 2 de mayo del 2026
¿Maternidad?
El Texto de Textos nos revela en Génesis 3:20, “Y el hombre le puso por nombre Eva a su mujer, porque ella era la madre de todos los vivientes”.
Eva (Chava, חַוָּה) del verbo lichyot (לחיות); vivir, nos reconfirma que la mujer es símbolo de vida, madre de todos los vivientes (kol chai, כָּל־חָי). Labor trascendente dentro de la Creación que hace que ellas sean las únicas capacitadas para Dar a Luz. Y aunque dentro de nuestras confusiones interpretamos este concepto desde la expresión ishah (אִשָּׁה), lo cierto es que el vocablo hombre (ish, אִיש), leído desde la raíz A.N.SH (א.נ.ש), nos habla más de esa fragilidad o delicadeza humana, que para el caso de ellas, se debe convertir en una instrucción de cómo el hombre debe tratar a su compañera de vida.
La misma palabra fuego (esh, אֵשׁ), también nos habla de esa feminidad, denotándonos que ellas contienen esa chispa divina que puede encender Su luz, dándole a ese fluir amoroso la posibilidad que una nueva alma llegue a este mundo, perspectiva que obviamos, despreciando este maravilloso don, vislumbrando los vientres de nuestras mujeres no como esa vasija espiritual sino como objetos de placer, quizá por ello tampoco logramos comprender lo que es nacer de nuevo, al salir del vientre de la tierra surgiendo a la vida eterna, en donde se nos ofrece la oportunidad de volver a nuestro estado original.
La condición de madre es fundamental dentro de los propósitos divinos y quizá por ello, la matriarca Raquel como otras tantas, clamaban al Creador por dar a luz, tanto, que cuenta la Biblia que aunque ella era amada por su esposo Jacob, era estéril y ello la hacía infeliz, hasta que llegó José a este mundo y más adelante, su segundo hijo; quien terminó provocándole la muerte: Ben Oni (בן אוני), hijo (ben) de mi dolor (oni). Nombre que Jacob cambió por Benjamín (בנימין), hijo (ben) de la derecha (yamin), como otra forma de recordarnos que desde la antigüedad, nos debemos reorientar y mirar hacia el este, a la tierra de Canaán, al Sur; hacia Jerusalén, hacia nuestro Creador.
Historia que visionada desde la lógica espiritual y de nuestro Señor Jesucristo nos demuestra que su crucifixión fue para entrar al mismo vientre de la tierra y allí colocar su luz para nuestro retornar, resurrección para lo cual nos espera sentado a la derecha de nuestro Padre Celestial, quien genero este paréntesis terrenal en el tiempo e historia de Su pueblo, los hijos de Jacob; Israel, para que los otros creyentes, gentiles, pudiéramos conocerle como escogidos por Cristo y así poder todos, como hermanos, disfrutar de esta nueva Jerusalén (יְרוּשָׁלַיִם), la misma que, como hijos nos llama a una redención en donde miramos hacia el Creador buscando libremente morar a Su lado.
Juan (Yojanan,יוֹחָנָן) como apóstol, quien representa de alguna forma a Daniel del Antiguo Testamento en el Nuevo, nos recuerda que la vida, otorgada por nuestro Creador gratuitamente, nos llama es a deleitarnos en ella, fruto que una mujer, nuestra madre, dio parte de ella para que de su propio ser brotará una nueva vida, la cual ella misma cuidó con cariño y con su servicio, para que poco a poco nos hagamos conscientes de ese vínculo celestial gracias a ellas, denotándonos así que nuestro Padre Celestial, finalmente y luego de hacernos pasar por el vientre de este planeta, nos permitirá renacer como cuerpos celestiales para vivir eternamente a Su lado.
El Texto de Textos nos revela en II de Corintios 11:3, “Pero temo que, así como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestras mentes sean desviadas de la sencillez y pureza {de la devoción} a Cristo”.
Oremos para bendecir a diario el vientre de nuestras mujeres y madres.



