
Mi Kabbala – Jeshván 8, 5787 – Lunes 19 de octubre del 2026
¿Obedecer?
El Texto de Textos nos revela en Deuteronomio 6:4, “Oye, Israel: Jehová nuestro Creador, Jehová uno es. 5 Y amarás a Jehová tu Creador de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. 6 Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; 7 y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes”.
Las bendiciones (Berajot, ברכות) que queremos leer como premios, nos ratifican que aunque Él quiere lo mejor para nosotros ello poco tiene que ver con este mundo de ego y mas bien a través de Su guía y cuidado con nuestro retorno a la eternidad, en la medida que corrijamos esos errores que mal entendemos como castigos. Libre albedrio que nos denota nuestra incapacidad para cogobernarnos, dejando que intenciones y deseos egoístas sean los que nos predominen, coloreando incluso las vivencias desde imaginarios terrenales incoherentes que solo promueven más y nuevos egoísmos.
Intentemos evitar manipularle con peticiones y quejas y mas bien busquemos que nuestras oraciones sean de gratitud y alabanza por su permanente Su guía, evitando proyectar actos en donde en vez de compartir, competimos. Se nos llama a oírle (Shemá, שְׁמַע), reconociendo así que atendemos Su palabra y no nuestros ruidos caóticos, esos que leemos como exitosos, cuando estos solo nos mantienen distraídos en búsquedas egocéntricas que nos llevan es a obviar que no existe mayor bendición que escucharle y vivir conforme a sus mandatos. Fe que, nos reitera que todo lo que nos sucede en el día a día está orientado hacia ese nuestro crecimiento integral que significa volver a Su lado.
Al escuchar Su Palabra y dejarnos guiar por esos preceptos evitamos continuar bajo la influencia de la desobediencia, esa que nació en el Jardín del Edén al alimentarnos de los frutos del árbol del conocimiento. Nutrámonos del Árbol de la Vida: nuestro Señor Jesucristo, quien nos llama a no escondernos más como hicieron Adán y Eva al oír (vaishmeu) Su voz y en lugar de eso, Él nos invita a confiar plenamente: a amarle, lo cual se traduce en obedecerle y volver a retroalimentarnos de esos Sus frutos (פֶּ֫רִי) misericordiosos que nos permiten obviar esa oscuridad, desorden y caos del pecado.
La desobediencia produce miedo (yare, ירא); temor que difiere del respeto reverencial y profundo que inspira nuestro Creador y que, a diferencia del miedo que nos hace alejarnos, nos posibilita llenarnos más bien de confianza y paz, alineándonos y guiándonos por Su Luz, la misma que evita esas falsas ilusiones y búsquedas mercantiles con las cuales solo continuamos ofendiéndole cada vez más, idolatrando cosas, personas y situaciones que poco tienen que ver con Su Divinidad y Su guía amorosa.
No olvidemos que así como el profeta Elías (אֵלִיָּהו, ēliyahū) temió ser asesinado por Jezabel y huyó, dejando de confiar plenamente en el Creador, nosotros al dejar de escucharle, orando por Su guía, terminamos incumpliendo ese gran mandato de amar a nuestros próximos, nuestras vidas y, sobre todo, al Creador por encima de todas las cosas. Acción cotidiana que nos permite corregir nuestros deseos, obedeciendo y acercándonos a Su presencia, esa que constantemente nos descontamina de los frutos del árbol del conocimiento del bien y del mal, que solo retroalimentan nuestros deseos egocéntricos.
El Texto de Textos nos revela en Juan 14:23, “le contestó Jesús: —El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra morada en Él”.
Oremos para obedecerle y así demostrarle nuestro abnegado amor.



