
Mi Kabbala – Jeshván 28, 5787 – Domingo 8 de noviembre del 2026
¿Disfraces?
El Texto de Textos nos revela en Génesis 3:21, “Y Jehová el Creador hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió”.
El pecado (jata, חָטָא), nos llevó a dejar de vernos a través de Él: iluminados hasta separarnos ilusoriamente del Eterno, producto de tomar de los frutos del árbol del conocimiento: apagándonos, para someternos a un cuerpo sombrío que refleja nuestra desobediente vergüenza. Experiencia que nos incita a reenfocarnos en nuestra espiritualidad para iluminar nuestro entendimiento y percibirnos conscientemente como partes de Él y así reconocernos como hijos. Proceso de arrepentimiento que nos reconecta con nuestro Padre Celestial, al corregir dicha desobediencia.
Alejados del Creador nuestras vidas, costumbres y tradiciones terminan relacionándonos más con lo terrenal, lo mental: alucinante, por lo que hoy describimos todo a través de esas sesgadas características, asumiendo una realidad incompleta que denota nuestro reflejo engañoso del todo. Llamado a conocerle, a obedecerle, a dejar a un lado todos esos disfraces y distracciones que nos incitan a querer ser reyezuelos y cubrirnos (kasah, כָּסָה) pero con su amor, para que esos mismos indicadores emocionales, nos denoten más esa necesidad de retornar a Él a través de Su amor misericordioso.
Su palabra es la que se nos otorga esa reorientación esperanzadora y nos evita el seguir perpetuando esas desilusiones vergonzosas para reintegrarnos a Él a través de Su obra, dejando así a un lado esas máscaras y vestuarios (labash, לבשׁ) extraños que usamos a diario, convirtiendo nuestro cuerpo no en ese templo que alberga Su haz de luz, sino en un insumo lleno de corrupción y muerte. Es por ello que nuestra alma revestida de Su esencia clama porque nos liberemos de esa esclavitud egocéntrica que nos confunde, así como de esas ilusiones estéticas sofocantes.
Sus mensajes reveladores nos otorgan señales para dignificar nuestra carne (guf, גוף). Es por ello que nuestra vestimenta debería reflejar recato, enfocándonos menos en las apariencias superficiales y sus representaciones teatrales, para valorar más aquello que en esencia debe caracterizarnos: nuestro ropaje lumínico espiritual, el mismo que recubre hoy el pecado llevándonos a la muerte. Momento final en el que nos sabremos hechos a imagen y semejanza del Creador y reconoceremos que debimos revestirnos de alabanzas, servicio y amor antes que de todo aquello que nos distrajo de ese plan celestial.
Como Abdías (ʿŌḇaḏyā, עֹבַדְיָה), estamos llamados a servir al Creador, lo que implica dejar de retroalimentarnos de frutos prohibidos, así como de celebrar extrañas festividades donde se promueven actitudes medievales paganas. Y así dejar de vernos como fantasmas o brujas, incitando incluso a nuestros niños al pecado, con dulces que los atan aún más a esa dimensión ilusoria, cuando debemos ver en esas mismas festividades la oportunidad de conmemorar su guía y por ende todo aquello que podemos corregir ya que solo así lograremos asumir plenamente esas revelaciones divinas hasta alcanzar esa dignidad celestial en la que nos reconozcamos desde esa nuestra esencia.
El Texto de Textos nos revela en Mateo 3:4, “y él, Juan, tenía un vestido de pelo de camello y un cinto de cuero a la cintura; y su comida era de langostas y miel silvestre”.
Oremos para que reconectarnos con Su Espíritu sea nuestro mayor deseo.



