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Mi Kabbala – 26 Tishrei, 5787 – Miércoles 7 de octubre del 2026.

¿Gloria?

El Texto de Textos nos revela en Habacuc 2:14, “Pues la tierra se llenará del conocimiento de la gloria del Creador como las aguas cubren el mar”.

Nuestra realidad es producto de la Palabra del Creador: vibración que, moviliza cada uno de los signos lingüísticos que consolidan nuestra realidad a través de Su palabra. Chispas de Su luz que como energía nos permiten recreamos. Dimensión simbólica que desde nuestro día a día como imaginario debe interpretarse como una posibilidad fragmentada que nos llama a Su unidad (ejad, מנה). Verdad que nos permite percibirnos ya no como partes, sino como seres integrados a Su obra: sus hijos. Esencia de Su luz, con capacidades para tener un lenguaje, que aun siendo finito nos posibilite coexistir.

Afortunadamente nuestra lejanía perceptiva no logra opacar Su gloria (שכינה, Shekhiná), su esplendor. Lo que debemos traducir en confianza plena en Él, quien mora en cada partícula de nuestro ser. Llamado a identificarnos con esa nuestra morada celestial, la misma que se nos revela en todo y en todos. Sin embargo, producto de nuestras ignorancias parece valoráramos más la radiación solar que al Creador de la misma, quizá por ello esa misma energía nos enceguece, llevándonos a obviar que por ser a Su imagen y semejanza debemos sabernos extensión de esa unidad (Adam HaRishón).

Al pecar y desobedecer tomando del Árbol del Conocimiento, esa esencia unida se dividió, según algunos estudiosos, en seiscientas mil almas. Fragmentación de la única luz que poseía Adam HaRishón, a la cual el Zóhar denomina Zihara Ila’a o “brillo superior” (בָּהִיר): claridad de la que solo nos queda un deseo inconsciente que nos llama a retornar a ese Jardín del Edén, en donde la materia se desintegra, lo que nos reafirma que somos más que esa forma física, proceso ideal para visionarnos desde Su luz ampliando incluso nuestros sentidos e imaginarios para percibirnos como parte integral de Él aquí y ahora, con la intención voluntaria de trascender.

Cuando a Moisés como profeta, se le apareció el Creador en el Monte Sinaí a través de una zarza ardiente, él tenía claro que no podía ver su rostro y seguir viviendo, pues esa luminosidad, como radiación, le desintegraría físicamente. Incluso a Moisés se le impregno ese resplandor al punto que el pueblo se asustó al verlo descender del monte. Quizá por ello profetas como Ezequiel, describen ese trono divino a través de un arco iris plagado de colores, expresiones limitadas que no logran capturar ese resplandor que nos rodea y que solo podemos explicar como la Gloria del Señor (kavod, כבוד), palabra que según su raíz original KBD, significa también: honor e incluso aprecio.

Manifestación divina que llevada a nuestro plano físico, intenta describir mínimamente con nuestro lenguaje limitado y finito esa gran visión de lo celestial, donde el término kavod, de valor numérico 32, nos habla también de respeto (להוקיר, lehokír), como llamado a entender que esa Su gloria no se debe ni se puede describir desde nuestra densidad o sustancia y que solo podemos desear reconectarnos más allá de expresiones a Él, orando a diario para que esa Su luminosidad, Su haz de luz que está en nosotros y que se extienden en el todo, nos guíe hasta volver a nuestro estado original.

El Texto de Textos nos revela en Habacuc Hebreos 1:3, “Él es el resplandor de su gloria y la expresión exacta de su naturaleza, y sostiene todas las cosas por la palabra de su poder. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”.

Oremos para que sea el Haz de Luz del Creador el que ilumine nuestras palabras.

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