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Mi Kabbala – Iyar 2, 5785 – Miércoles 30 de abril del 2025

¿Nación?  

El Texto de Textos nos revela en Deuteronomio 7:6, “Porque tú eres pueblo santo para el SEÑOR tu Dios; el SEÑOR tu Dios te ha escogido para ser pueblo suyo de entre todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra”.

El mes de Iyar, octavo del año civil y el segundo del año eclesiástico en el calendario hebreo es quizá uno de los más importantes para Israel como nación. Tiempo que en nuestro calendario gregoriano se encuentra entre abril y mayo, ello debido a que en este mes, Israel como Nación retorna a su tierra prometida, quizá por ello la palabra nación (Goy , גוֹי), que incluso describe igualmente a los egipcios, babilonios o asirios, cobra mayor relevancia ya que contiene esa visión mesiánica en la que ninguna nación levantará la espada contra otra ya que podremos compartir en vez de competir fruto del reinado de nuestro Salvador.

Una vez Él reine, no tendremos diferencias de fondo ni entre judíos y gentiles y menos entre razas, sabiéndonos todos hijos, eso si los hermanos mayores seguirán teniendo la responsabilidad como tesoro especial de mantener históricamente la Palabra del Creador entre los demás, finiquitando nuestras idolatras paganas. Ellos, como primogénitos (bejor, בְּכוֹר) seguirán siendo el canal de bendición para todos sus hermanos en la tierra y ahora como hijos, todos nos sabremos parte de ese Árbol de la vida, que inicio con Adam, continuo por fe Abrahán para posibilitarlos el nacimiento del Mesías.

Una vez se cumplan los tiempos de la profecía, todas las naciones (goim), acudirán a Jerusalén para adorar al Señor en perfecta armonía, espacio territorial que algunos estudiosos ya no fijan en este planeta, ni en esta dimensión, sino que nos traslada a nuestro paraíso eterno, pero mientras tanto como Moisés, debemos ser fieles en esta la casa terrenal del Creador, dando testimonio con nuestro servicio que somos guiados por sus preceptos fruto de la iluminación del Espíritu Santo, quien nos denota que como hermanos (אָח, ach) debemos cohabitar fraternalmente.

La Torá como Palabra del Creador nos sirve de instrumento para liberarnos de la esclavitud del pecado al predicar esos cimientos que nos reiteran que creamos y nos recreamos con este insumo divino, el mismo que nos llama a amarnos, a agradarnos, a alabarle, alejándonos así de tantas absurdas rivalidades que como humanos han marcado nuestras tradiciones. Confrontaciones que nos han llevado a no percibirnos como parte de esta familia celestial, insubordinación que nos genera un castigo que como la lepra (צָרַע, tsará) nos llaman a usar mejor nuestra capacidad verbal.

Como Moisés entendamos que estamos obligados a bien decir de todo y de todos asumiendo que nuestras expresiones nos incitan humildemente a obedecer, acogiéndonos a la voluntad de nuestro Creador, quien nos reitera que no somos enemigos, sino hermanos y que por no atenderle seguimos presos del pecado, razón de peso para que busquemos  la sanidad y la paz de todas las naciones, la cual debe comenzar siempre en nuestros corazones (לֵב, leb) o de lo contrario incluso nuestras propias familias seguirán siendo víctimas de los frutos de nuestra desobediencia.   

El Texto de Textos nos revela en Romanos 11:24, “Porque si tú fuiste cortado del que por naturaleza es olivo silvestre, y contra naturaleza fuiste injertado en el buen olivo, ¿cuánto más éstos, que son las ramas naturales, serán injertados en su propio olivo?”

Oremos por Israel y por todas las naciones para que nos hermanemos.

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