
Mi Kabbala – Jeshván 13, 5787 – sábado 24 de octubre del 2026
¿Entendimiento?
El Texto de Textos nos revela en Malaquías 4:4, “acordaos de la ley de Moisés mi siervo, al cual encargué en Horeb ordenanzas y leyes para todo Israel. 5 He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. 6 El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición”.
Producto de su contracción voluntaria; el Creador, retrajo gran parte de la totalidad de Su luz hacia sí mismo, generando un espacio vacío para con esos fragmentos dieran lugar a la creación mediante el vibrar de Su palabra. Lo que implica asumir que, esos átomos que conforman este universo, empaquetados como moléculas: materia, se interconectan, fluyendo de tal forma que, podemos coexistir en esta dimensión terrenal gracias a ese fluir. Vida que le debemos a Él y que permite que nuestra voluntad como fuerza (koaj, כּיחַ) se recree en Su obra, otorgándonos voluntad dentro de la misma.
Plan que, fue preconcebido para que como sus hijos (בֵּן), nos deleitáramos en Su obra. Libre albedrío del cual derivan nuestras intenciones, las mismas que a través de nuestro lenguaje reproducen apartes de Su vibrar. Conceptos abstractos en los que predominan nuestras alucinaciones, fruto de la desobediencia del pecado. El mismo que nos mantiene separados, reproduciendo unos imaginarios irreales, hasta que nos hacemos más conscientes de la necesidad de retroalimentemos de Su palabra: del Verbo, nuestro Señor Jesucristo, quien como Árbol de la Vida, nos guía de retorno a nuestro estado original.
Emanación (Atzilut o Olam Atsilut, עוֹלָם אֲצִילוּת), que nos permite asimilar que, es a través de Su sabiduría, como podemos aceptarnos como partes de la creación, asumiendo un proceso de formación que desde la materia y gracias al Espíritu Santo nos va haciendo integrarnos a través del amor. Vinculo que le trasmite a nuestra dimensión mental otra perspectiva, muy distinta a aquella egoísta que sesga nuestros imaginarios limitados y finitos, reduciendo además nuestra capacidad semántica. Razón de peso para que esa otra semiótica celestial fluya a través de las chispas de Su luz.
Somos parte de la creación, y esas Sus manifestaciones, cual senderos, no los podemos entender a través de nuestro lenguaje. Conocimientos que poco pueden vislumbrar en las sefirá, esos apartes de nuestra esencia. Signos lingüísticos (alef, mem o shin) que con el vibrar de Su palabra, le dan a esa letras dobles como: bet, guímel, dálet, kaf, pei, reish y tav, insumos que como revelaciones que se articulan a las letras restantes (hei, vav, zain, tet, iud, lámed, nun, samaj, ain y kuf) para con sus destellos reorientarnos hasta integrarnos como cuerpo, mente y alma a Él; iluminando nuestro entendimiento.
Comprender ese Árbol sefirótico significa ver en su columna derecha un aspecto expansivo, masculino y activo, donde predomina la fuerza; a la izquierda, las características restrictivas, limitantes, femeninas y pasivas, donde prevalece la forma; mientras que en el centro ese equilibrio, tal como se desarrolla el pulso de la vida. Triángulo superior de esas sefirot —Kéter, Jojmá y Biná que además nos proyecta el mundo de la emanación, Su trinidad: que es fuego y luz. Por ello las otras seis sefirot: Jesed, Guevurá, Tiféret, Nétzaj, Hod, Iesod, nos dan la idea de construcción, siendo su zeir anpín o “pequeño rostro”, el que se relaciona con nuestros aspectos emocionales para denotarnos desde la última sefirá: Malkut, que estamos en este mundo físico para coordinar nuestra voluntad hacia Él.
El Texto de Textos nos revela en Hebreos 12:25, “Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos”.
Oremos para que en todo podamos vislumbrar la presencia de nuestro Creador.



