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Mi Kabbala – Jeshván 19, 5787 – Viernes 30 de octubre del 2026

¿Cargas?

El Texto de Textos nos revela en Zacarías 9:9, “alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna”.

El madero (צלב, tzlav) en el que se colgó a nuestro Señor Jesucristo, sirve de símbolo para entender que allí debe morir nuestro ego: crucificarlo, para que nuestra alma se eleve. Acto que nos permite descargarnos de la fragmentación material que llevada a nuestras vivencias significa esclavitud, pecado, aislarnos de nuestra morada celestial. Proceso que nos llama a nacer de nuevo, afrontando nuestra realidad con esperanza, al colocar nuestros dones responsablemente al servicio de Su obra. Quizá por ello Jabes (יַעְבֵּץ, Ya‘bets), cuyo nombre evoca la idea de “dolor” o “sufrimiento”, nos recuerda la importancia de desafiar los padecimientos de la vida y abrazar el plan del Creador, creciendo integralmente.

Todas las mal llamadas pruebas que enfrentamos, son solo desafíos para dejar de estar desenfocados y proyectarnos en aquello que nos acerque a nuestra esencia. Desde esa perspectiva profetas como Jeremías (יִרְמְיָהוּ, Yirmiyahu), cuyo nombre significa “el Señor eleva” (Yahu, el Señor; Yarim, elevar), claman porque dediquemos nuestras vidas a obedecer al Creador y alejarnos del pecado. Mensaje que, aunque sigue siendo rechazado, tanto, que él fue conocido como “el profeta que llora”, nos revela que, su misericordia esta allí para que elevemos nuestra mirada y comprendamos nuestro verdadero propósito.

Hageo (חַגַּי, Ḥaggay) también nos sirve para reflexionar profundamente, recordándonos que el Creador no desea nuestro mal, ni nos rechaza, sino que anhela restaurarnos desde nuestro templo corporal, es por ello que siempre se nos anuncia ese Su pacto. El mismo que al humanarse realizó a través de Su Sangre. Ser que, al ser elevado y exaltado, transformó una perspectiva histórica cargada de conflictos y desorientaciones en pro de nuestra redención, lo que nos invita a alejarnos de las quejas y asumir una postura de gratitud, valorando a todos y todo lo que nos rodea, siguiendo paso a paso de Su mano, aceptando así cada circunstancia como una oportunidad de acercamiento.

Bendiciones cotidianas de las que también dan cuenta seres justos como Jabes (יַעְבֵּץ), quien nos invita además a reconocerlo como la fuente de toda prosperidad, por lo cual necesitamos de Su gracia. Razón de peso para orar con más fervor, buscando siempre Su dirección en pro de alcanzar esa victoria espiritual que implica colocar todos nuestros esfuerzos y retornar a nuestro estadio original con Él, acogiéndonos a Su fuerza, dejando de consolidar cargas innecesarias, asemejadas a cruces (צְלָב, tzelav, “maderos”), las cuales a menudo construimos a partir de nuestras propias preocupaciones y pensamientos.

La naturaleza nos da un ejemplo, para que aprendamos que todo lo creado tiene algo que aportar y que debemos aprovechar nuestros dones y fortalezas, otorgados gratuitamente para aportar a Su obra, cumpliendo con nuestras responsabilidades en vez de convertirlas en pesadas cargas, que solo afectan nuestra movilidad y desmotivan nuestro ser. Se trata de reconocer que el trabajo (עוֹבֵד, oved) es una bendición y una forma de sabernos útiles a los propósitos divinos, reconectándonos con el Creador y a su fluir: a su guía.

El Texto de Textos nos revela en I de Timoteo 6:6, “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; 7 porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. 8 Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto”.

Oremos para que no hagamos del trabajo una carga.

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