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Mi Kabbala – Shevat 1, 5786 – Lunes 19 de enero del 2026.

¿Iluminados?

El Texto de Textos nos revela en I de Reyes 19:12, “Después del terremoto, un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Y después del fuego, el susurro de una brisa apacible. 13 Y sucedió que cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con su manto, y salió y se puso a la entrada de la cueva. Y he aquí, una voz vino a él y le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías? 14 Y él respondió: He tenido mucho celo por el Creador, Señor de los ejércitos; porque los hijos de Israel han abandonado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a espada a tus profetas”.

Se entiende como Luz (אור) no solo aquello que ilumina nuestros entornos, sino todo lo que en esencia constituye al universo y por ende, mueve nuestras existencias, fruto de dicha energía que vibra con Su Palabra y que traducimos como conocimientos a través de los cuales nos comunicamos como seres humanos, que gracias a esa energía y vida podemos interrelacionarnos con todo; interacciones, que deben ser armónicas, fraternales, para que dicho fluir nos mantenga unidos a Él. Libertad que sin embargo, nos hace percibir como aislados en otra realidad material oscura.

Estamos presos de este mundo producto de nuestra lejanía y desconexión con esa Luz Divina: sombras, que no nos permiten reconocer Su Espíritu, dejando nuestra alma aislada en nuestras mentes, reproduciendo unos imaginarios que poco interactúan con lo espiritual. Y aunque desde lo físico se nos llama la atención para comprender nuestra identidad, incluso impresa en el iris de nuestros ojos y en nuestra huella dactilar, preferimos identificarnos con alucinaciones que proyectamos como externas y que desdicen de nuestros propósitos haciéndonos indignos de compartir esta creación al querer desintegrarnos de Su esencia, unidad (ejad, אֶחָד, ekjád) a la que nos debemos.

La tarea voluntaria diaria es por lo tanto, buscar esos niveles de iluminación en vez de dejamos guiar por otras luces artificiales que con sus fluidos nos parecen más atractivos, interconectándonos a visiones que nos arroja el mismo sol, reflejos de esa luz Divina que aunque contiene esa esencia, no atendemos como vital para nuestras coexistencias y por el contrario nos alejamos de ese brillo divino, afectando nuestras vivencias con dichas oscuridades mentales y con ello a nuestra alma (nephesh, נֶ֫פֶשׁ, ‎nép̄eš). 

Cuando se habla de un despertar espiritual, de abrir nuestra mirada y ver (Ra`ah, רָאָה) se nos pide el integrarnos a nuestros entornos gracias a unas nuevas motivaciones que nos eleven a través de esa misma dimensión interior, irradiando Su amor a esos otros, generando que esos entornos descubran esa posibilidad de experimentar de dicha divinidad, que no es otra cosa que encontrar el auténtico sentido de nuestras existencias y con ello reconocernos como Sus hijos, partes de lo creado y útiles a Su obra.

Pablo (סול, Saulo), como apóstol, nos habla de esas manifestaciones de Su Luz que como constantes revelaciones nos deben llevar a redescubrir todo aquello que siendo obvio, no percibimos, simplemente porque estamos desconectados e incomunicados de esa entidad que al calificarla como sobrenatural, la alejamos más y más de nuestras existencias. Incluso quienes hablan de Nirvana, más allá de su visión sánscrita, nos invitan igualmente a experimentar ese estado de iluminación divino que se alcanza gracias a una interiorización que logra su punto máximo a través de la oración e integración con Su palabra.

El Texto de Textos nos revela en Juan 14:26, “Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, El os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho”.

Oremos para que sea el Creador y su palabra el que ilumine nuestra vida espiritual.

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