
Mi Kabbala – Sivan 11, 5785 – Domingo 8 de junio del 2025
¿Sumisos?
El Texto de Textos nos revela en Daniel 10:8, “Quedé, pues, yo solo, y vi esta gran visión, y no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno. 9 Pero oí el sonido de sus palabras; y al oír el sonido de sus palabras, caí sobre mi rostro en un profundo sueño, con mi rostro en tierra”.
No tenemos la capacidad de comprender desde nuestros conceptos de medida y longitud la grandeza y majestuosidad del Creador, lo que quizá hace que tampoco podamos reconocer la pequeñez de nuestro planeta frente al mismo universo y por ende Su inmensidad y omnipotencia: Él lo es todo (כֹֹל, kol), es omnipresente y esta en cada partícula de esta creación, siendo este plano algo así como el estrado de sus pies, lectura que nos llama a ser sumisos a Él, quien es el Dador de la vida, siendo entonces necesario honrarle, respetarle y alabarle.
Como polvo de la tierra, debemos aceptar nuestra dependencia a Él y a Su majestuosidad ya que nos hizo a su imagen y semejanza, nos doto de Su Voluntad, lo cual ahora no comprendemos como tampoco Su perfección, tanto que le despreciamos, alejándonos de Su ilimitado amor, probablemente por ello la Octava Sefirá (ספירות) del Árbol de la Vida, Hod o Majestuosidad (הוד), nos proyecta a través de esos pequeños destellos de su esplendor las chispas de Su Palabra, con las cuales podemos no solo entenderle, atenderle, sino sobre todo recibir su misericordiosa guía.
Las diez Sefirot al estar relacionadas, nos denotan que debemos hacernos conscientes de nuestras inconciencias, para lo cual se hace preciso asumir que todo se interconecta, relación que visionada desde las partes de nuestro cuerpo humano denotan además que tanto nuestros pies como nuestra mente se funden como los niveles netzach y hod, octava numeración, llamada: inteligencia absoluta o perfecta, que como instrumento de lo primordial, no tiene raíz, para penetrar y descansar en ella, salvo en los lugares escondidos de Guevurá (גבורה, severidad) lo que nos invita a mantenernos unidos a esa esencia divina.
Al asimilar Su grandeza frente a nuestra pequeñez podemos dejar de sentirnos deidades y someternos por fin como hijos a su plan divino, entregándole nuestra voluntad, la cual no logramos medianamente coordinar y menos cuando hasta conscientemente dejamos que sea el pecado quien nos cogobierne, olvidando incluso nuestras propias características espirituales y que contenemos esa esencia divina, la cual solo podemos reconocer a través de Él, de lo contrario nuestro mundo de ilusiones seguirá llenándonos con sus desilusiones hasta que reconozcamos la importancia de nutrirnos de Su palabra (דָּבָר, dabar)
No se trata de enredarnos más en conceptos y contextos complejos, sino de aceptar que siendo nuestro Creador tan majestuoso, grande y poderoso debemos buscar estar màs cerca de Él y lo ideal para ello es asumir de todo corazón como creyentes que hay que aceptar el mayor llamado: hacer parte de su propia morada, esa que quiere habitar con y en nosotros y que poco tiene que ver con nuestros conceptos terrenales materialistas (קֶ֫דֶם, quedem) occidentales, en donde anhelamos vivir en hermosos y lujosos palacios, cuando solo deberíamos anhelar que esa majestuosidad nos lleve a compartir.
El Texto de Textos nos revela en Hechos 7:49, “el cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis? dice el Señor; ¿O cuál es el lugar de mi reposo? 50 ¿No hizo mi mano todas estas cosas? 51 !!Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros”.
Oremos para honrar con nuestros actos la majestuosidad del Creador.



