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Mi Parashá – Génesis 10:14

A medida que se profundiza en el desenlace filogenético que parte de los hijos de Noé, vamos descubriendo nuestra propia historia como pueblos y familias. Quizá por ello, también del grupo de descendientes de Mitzrayim (Egipto) nacen los filisteos, un pueblo que, por sus habilidades bélicas, marca cambios radicales en los hábitos y costumbres que hoy lideran buena parte de nuestras interacciones.

Patrusim (הַפַּתְרֻסִים), con un valor numérico de 726, representa una serie de complejidades que se relacionan con conceptos de consolidación y establecimiento de poder. En el caso de la región de Pathros, parte del Alto Egipto, nos sugiere una conexión profunda y enraizada con la tierra, bajo la suposición de que esta nos brindaría estabilidad.

Por su parte, el concepto de Kasluchim (הַכַּסְלֻחִים), con un valor de 514, habla de fortalecimiento y protección. Esta perspectiva, vinculada a las tradiciones de los antepasados filisteos, nos lleva, paradójicamente, a fortalecer habilidades para el conflicto y la guerra, lo que en nuestro caso nos invita a reflexionar sobre ese carácter fuerte que muchas veces se disfraza de actitud defensiva.

Los pueblos Plishtim (פְּלִשְׁתִּים – Filisteos), cuyo valor numérico es 860, reflejan la lucha y la oposición, simbolizando la naturaleza conflictiva de los filisteos. Este legado proyecta relaciones antagónicas con nuestros propios hermanos, fuerzas de oposición interna que, al trasladarse al plano externo, nos invitan a buscar equilibrio alineándonos con la armonía divina.

Si reflexionamos más profundamente sobre las raíces Kaftorim (כַּפְתֹּרִים), con un valor de 676, podemos comprender mejor esa búsqueda de estabilidad que, erróneamente, asociamos con cuestiones económicas. Esta búsqueda nos llevó a consolidar límites territoriales como una forma de marcar nuestro origen. Estos ancestros, ubicados inicialmente en la isla de Creta y sus alrededores, nos proyectaron el deseo de aferrarnos a un territorio y expandirnos, lo que generó conflictos bélicos que, siendo internos, magnificamos hacia nuestros pueblos.

Comprender que nuestra estabilidad y enraizamiento realmente se encuentran en el Jardín del Edén, al lado de nuestro Padre Celestial, nos permite entender que, aunque estemos asentados en territorios, lo que realmente debemos enfatizar son nuestros valores y tradiciones espirituales, que nos integran al Creador a través de su obra.

Aunque no podemos negar que la expansión genera la necesidad de defensa y protección, esta protección es más espiritual y tiene que ver con fortalecer nuestra confianza en el Creador, quien no solo guía nuestras vidas, sino que también nos protege. Incluso los ataques de quienes se perciben como nuestros opositores están dentro de su plan.

Esto significa que todo lo que nos confronta nos llama a superar ese desafío, siempre teniendo en cuenta los mandatos divinos. Gracias a la confianza que depositamos en Él, debemos menguar esos miedos o dudas que surgen cuando nos sentimos desprotegidos y amenazados.

Retornar a nuestros orígenes no debe verse como aferrarse a un territorio, sino como encontrar nuestras raíces espirituales, comprendiendo de dónde venimos y hacia dónde vamos como seres eternos. Esto significa que nuestra estabilidad y fundamentos están en Él, lo que nos invita a defender esos principios, enfrentando y superando todos los desafíos, que simplemente nos recuerdan nuestras raíces y orígenes.

Este viaje interno de fortalecimiento personal nos permite vislumbrar que las oposiciones y desafíos son escenarios de profundo acercamiento con nuestro propósito existencial, el cual nos recuerda que todo lo que experimentamos está interrelacionado y es esencial para nuestro crecimiento espiritual y personal.

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