
Mi Parashà – Gènesis 10:22
Cada signo lingüístico, convertido en una denominación y, por ende, en un imaginario para nosotros, nos entrega profundos significados que pueden ser revelados gracias a la guía del Espíritu Santo, quien nos aportará estos conocimientos a medida que nuestro proceso de crecimiento integral lo permita.
La claridad de nuestro entendimiento, como en el caso de Elam, que representa lo oculto, nos proyecta la necesidad de descubrir esas verdades más profundas en la medida en que maduramos y orientamos nuestras vidas hacia el sendero indicado. Esto, aplicado a las enseñanzas del nombre Asur, nos ofrece la idea de que el poder ambicionado de manera incorrecta y disfrazado en distintos tipos de autoridad no es más que la posibilidad de usar nuestros dones y habilidades para influir de manera ejemplar, positiva, justa y ordenada en los demás.
Seguir viendo nuestros apegos y abusos como bendiciones exclusivas es ignorar que caímos debido al pecado, lo cual nos genera desequilibrios, alejándonos de la voluntad del Creador. Debemos conocer esa voluntad para reconocernos como parte de Él, como sus hijos. Por ello, el nombre Arfaxad sugiere la necesidad de sanar y reparar aspectos de nuestras vidas que puedan estar dañados o desequilibrados.
Así como el linaje de Cam nos ofrecía diversas visiones de vida, el de Shem nos llama a tomar en cuenta esos espacios de renovación que debemos asimilar como oportunidades de purificación, como lo sugiere el nombre de Lud. Por lo tanto, no debemos ignorar que atravesar procesos de renovación, para algunas pruebas o incluso adversidades, simplemente significa alcanzar nuevos niveles de conciencia.
El nombre de Aram en esta genealogía representa la elevación y el crecimiento espiritual, un concepto que nos invita a buscar siempre la expansión de nuestra conciencia y a elevar nuestro ser hacia la espiritualidad. Aunque esta parece oculta, está ahí, con su poder e influencia, proponiéndonos sanar todas las desinformaciones que, como heridas emocionales, contienen los elementos de renovación necesarios para lograr dicha purificación y elevar nuestra conciencia.
Para entender mejor estos conceptos, recurrimos a los aportes de la cábala judía y la gematría. A través de las letras que conforman la palabra Elam (עֵילָם), cuyo valor es 140, encontramos luces nuevas. Este valor nos ayuda a comprender cómo alejarnos de territorios ocupados, ya que solo al entender lo oculto podemos descubrir la luz.
Y aunque algunos, en esta búsqueda, se pierden en el ocultismo, está claro que, a medida que revelamos esos secretos divinos y sus profundas verdades, también comprendemos que muchas de las creencias que teníamos estaban equivocadas y nos desviaban del camino. Además, formaban parte de ese mundo egoísta y alucinante que nos sofoca.
Complementando estas ideas, Asur (אַשּׁוּר), cuyo valor es 507, alude al poder y la autoridad, recordándonos que formamos parte de una estructura espiritual que nos llama a acoger su orden. Vamos descubriéndolo poco a poco, lo que nos permitirá influir positivamente en la vida de los demás. Por ello, aquellos que ocupan posiciones de liderazgo y están alejados de esta visión y del amor del Creador terminan ejerciendo mal ese liderazgo, malversando esa posibilidad.
Todas las bendiciones que asumimos como privilegios implican responsabilidades espirituales de las que tendremos que rendir cuentas al Creador. Así, Arfaxad (אַרְפַּכְשַׁד), cuyo valor es 605, nos habla de la importancia de la curación, de la sanación y de la reparación, como una oportunidad para corregir nuestras ignorancias, especulaciones y errores.
“Arpachshad,” como expresión de curación, nos llama a comprender que en nuestras vidas hay aspectos que necesitan ser reparados o sanados para avanzar espiritualmente. Esto, junto con la palabra Lud (לוּד), cuyo valor es 40, nos lleva al concepto de nacimiento o renovación, recordándonos que debemos renacer, salir del vientre de la tierra, dejando atrás nuestro cuerpo terrenal para demostrar que hemos pasado este período de prueba terrenal y mental, asumiendo voluntariamente nuestra purificación y alcanzando así nuestro renacimiento.
El número 40 no solo está relacionado con el diluvio, sino también con los 40 años que el pueblo de Israel pasó en el desierto. Así, Lud puede simbolizar ese proceso de renovación y purificación en nuestras vidas. Aram (אֲרָם), cuyo valor es 241, complementa el mensaje llamándonos a la elevación, expansión y crecimiento espiritual, el final del camino de ascensión. Esto, como elevación de nuestra conciencia, denota la necesidad de alcanzar un desarrollo espiritual coherente.



