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Mi Parashá – Génesis 10:31

Los descendientes de Shem (שֵׁם), cuyo valor es 340, nos muestran esa distribución en familias, lenguas, tierras y naciones. Esta identidad, como esencia, nos recuerda la importancia de buscar la revelación del ser interior, la cual se alcanza al buscar esas manifestaciones divinas que nos guían hacia nuestra verdadera identidad como hijos.

Shem representa la raíz espiritual de muchas naciones, siendo el antepasado de los pueblos semitas. Por ello, la expresión Familias (מִשְׁפְּחֹתָם – Mishpechotam), con un valor de 1050, nos habla de la multiplicación y expansión de las relaciones humanas, cumpliendo el mandato divino. Esto nos invita a visualizar en esa ramificación no solo nuestro crecimiento personal, sino también la búsqueda de lograr, desde la diversidad de nuestra fragmentación, la unidad.

Nuestras lenguas (לִלְשֹׁנֹתָם – Lilshonotam), con un valor de 1016, expresan la necesidad de comunicarnos con Él a través de un solo lenguaje, el de la oración. Esta diversidad cultural, como riqueza que nos ofrece diferentes perspectivas y formas de entender el mundo, debe llevarnos a buscar complementarnos e integrarnos a través de Su obra.

Nuestra tierra (בְּאַרְצֹתָם – Bearzotam), con un valor de 945, es el escenario propicio para establecer, gracias a distintos contextos y ambientes, nuestro desarrollo, el cual comienza desde lo material hasta alcanzar lo espiritual. Esto significa que nuestras naciones (לְגוֹיֵהֶם – Legoyeihem), con un valor de 660, simbolizan más que grandes agrupaciones de personas: representan una identidad compartida como hijos de Dios. Siendo únicos para Él, nuestras diferencias se convierten en caminos hacia la unidad de nuestras almas, como realización espiritual para alcanzar la plenitud.

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