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Mi Parashá – Génesis 10:8

A medida que avanzamos en nuestra fructificación, gracias a que nuestra semilla genética se multiplica para llevar su luz a esta oscuridad terrenal, que recibe la suya del reflejo del sol, se nos van insinuando, a través de nombres y datos, insumos básicos para nuestro crecimiento integral como hijos del Creador. Nimrod es un personaje que no deberíamos pasar por alto, ya que su oficio de cazador lo convirtió más adelante en rey, un modelo de liderazgo que pone en evidencia el único reinado que debe existir, el del Creador sobre nosotros.

Este primer hijo de Cus (כּוּשׁ – Cush), cuyo valor gemátrico es 326, representa la dualidad, pero a la vez nuestra búsqueda de equilibrio. Recibe una herencia cultural que influyó lógicamente en el carácter de Nimrod (נִמְרוֹד), cuyo valor gemátrico es 294 (נ = 50, מ = 40, ר = 200, ד = 4). Al descomponer 2 + 9 + 4 = 15, y luego 1 + 5 = 6, obtenemos la idea de esa armonía que parte de nuestra perspectiva interior y que luego se irradia al mundo material.

Por ello, Nimrod es un personaje controvertido, asociado con el abuso de poder y autoridad, lo que enmarca un modelo de rebelión hacia el Creador, que aún perdura en muchos de nuestros líderes políticos e incluso religiosos, quienes usan la fuerza para imponer ese poder, cuando en realidad estamos destinados a establecer un equilibrio. El mal uso de este poder acarrea fines destructivos.

No olvidemos que Nimrod es bisnieto de Cam y, por tanto, lleva consigo esa desinformación que se hereda en lo genético. Leída como una maldición, hace que terminemos reproduciendo los errores de nuestros ancestros, prolongándolos e incluso magnificándolos. Esto nos llama a revisar nuestro árbol genealógico, ya que las bendiciones del Creador son para todos, pero debemos tomarlas ajustándonos a Su voluntad.

La expresión Hechel (הֵחֵל – comenzó), con un valor gemátrico de 63 (ה = 5, ח = 8, ל = 30), que se descompone en 6 + 3 = 9, asociado con la verdad y la integridad, nos sugiere que el propósito del Creador para Nimrod, como “poderoso en la tierra”, era originalmente que liderara alineado con la verdad y la justicia. Sin embargo, nuestro libre albedrío siempre prevalecerá, y la ilusión del ego puede desviarnos.

El término Gibor (גִּבֹּר – poderoso), con un valor gemátrico de 211 (ג = 3, ב = 2, ר = 200, י = 10), que se descompone en 2 + 1 + 1 = 4, nos da más pistas sobre cómo ese poder debe estar siempre relacionado con la estabilidad y la estructura que originalmente nos otorga la palabra del Creador. Esto nos invita a comprender que esa fuerza motriz interior debe integrarse con una perspectiva moral y espiritual, y que al equilibrarse, debe llevar a la nación que lideramos hacia el Creador.

Sin embargo, Nimrod magnificó su deseo de imponer orden y dominio, convirtiendo esa potencialidad y don en un aspecto negativo para su vida y la de los demás. Así, generó un modelo social que refleja una ambición humana desmedida, común en nuestros políticos que solo desean controlar y subyugar.

Nimrod tenía la posibilidad de usar su figura poderosa y sus grandes capacidades para difundir el bien en la tierra, pero su ambición prevaleció. Ese equilibrio, que también es poder, al no usarse correctamente, nos aleja de la estabilidad y armonía que debe nacer de lo interior para irradiarse hacia el exterior. Nimrod, como ancestro, nos recuerda que el poder sin control o sin un propósito divino puede llevar a la destrucción y al caos.

Debemos responder por las habilidades y dones que nos fueron otorgados por el Creador, quien esperaba que fuéramos útiles a Su obra. Sin embargo, la mayoría de las personas usamos nuestras capacidades en beneficio propio, utilizando el poder para subyugar a los demás, olvidando que el mensaje es de servicio. De este modo, rompemos la armonía y estabilidad que deberían caracterizarnos, ignorando las consecuencias de nuestros actos.

Si no logramos maniobrar internamente ese equilibrio, relacionado con la ambición y expectativas de alcanzar ciertos objetivos particulares, y no lo coloreamos con los preceptos divinos que atañen a nuestros valores morales, probablemente terminemos promoviendo el mal, aun creyéndonos buenos, y sumando nuestras omisiones al impacto negativo en la coexistencia de quienes habitamos en este mundo.

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