
Mi Parashá – Génesis 11:2
Al reflexionar sobre el movimiento y el asentamiento no solo como acciones físicas, sino como símbolos de nuestro propio viaje espiritual, podemos vislumbrar que nuestros desplazamientos cotidianos tienden a recrearse en nuestras ignorancias, alejándonos de la sabiduría divina, el estado puro del ser. Quizá por eso, la decisión de asentarnos en un lugar específico (Sinar) refleja la búsqueda humana de alcanzar un sentido que, aunque a veces ajustamos a conceptos de poder, es realmente trascendente.
Nuestra tarea, a través de ese caminar, nos lleva a contemplar la importancia del equilibrio y a buscar que esa aspiración de reconocernos nos guíe hacia la trascendencia. El verdadero crecimiento espiritual se logra a través del reconocimiento de nuestra propia esencia y la alineación con la voluntad del Creador, no mediante la ambición egoísta.
La búsqueda de nuestra cercanía con lo divino debe fundamentarse en la humildad y el servicio, no en el deseo de alcanzar la divinidad por medios humanos. Por ello, el término “sucedió” (וַיְהִי – Vayehi), con un valor de 31 (ו=6, י=10, ה=5, י=10), sugiere un proceso de transición terrenal. Alef (א), como unidad o principio, indica la necesidad de un comienzo significativo en el viaje espiritual que todos los seres humanos debemos recorrer.
El contexto lingüístico “se desplazaban” (בְּנָסְעָם – Benasam) nos remite no solo al movimiento físico, sino también espiritual, relacionado con nuestro proceso interno de transformación, el cual debería llevarnos a integrarnos al Creador en lugar de alejarnos de la fuente de conocimiento y espiritualidad, que nos conduce a un nuevo estado de consciencia.
La expresión “desde el este” (מִקֶּדֶם – Miqedem) nos lleva al concepto “קֶּדֶם” (Qedem), que más que “este”, con un valor de 144 (ק=100, ד=4, מ=40), nos habla de antigüedad o principio. Este doble sentido de la palabra denota que nuestros desplazamientos, que se nos permiten, tienen un origen primigenio y deben conducirnos hacia la plenitud, siempre y cuando completemos el ciclo que nos recuerda que nuestros ancestros nos aportaron la sabiduría divina para nuestro crecimiento.
La palabra llanura (בִּקְעָה – Biq’ah), con un valor gemátrico de 187 (ב=2, ק=100, ע=70, ה=5), nos sugiere que hay lugares especiales donde tomamos decisiones cruciales, algunos de los cuales nos recuerdan eventos críticos en los que nos alejamos del Creador. Ese lugar de asentamiento y construcción, que más adelante dará lugar a la Torre de Babel, simboliza la búsqueda de equilibrio en la creación, lo cual es crucial para nuestro propio desarrollo.
La expresión Sinar (שִׁנְעָר – Shin’ar), el nombre de la región, tiene un valor gemátrico de 620 (ש=300, נ=50, ע=70, ר=200), que es el mismo valor que la palabra Keter (כתר), corona. Esto nos reitera el nivel más alto de la sefirot, relacionado con el aspecto divino inalcanzable desde los esfuerzos humanos. Nuestros deseos no deben ser alcanzar la divinidad, sino reconectarnos e integrarnos a Él conforme a su voluntad.
En la cábala, la tierra no es simplemente tierra. Cada lugar tiene una frecuencia espiritual: Jerusalén es el “corazón del mundo”, el punto donde la luz divina entra en el mundo. Sinar/Babel representa un punto de desconexión: una espiritualidad sin dirección divina. Pero —y esto es fundamental— toda energía puede ser redimida. Según el Arizal y otros cabalistas, incluso los lugares oscuros pueden ser elevados a santidad, si se trabaja desde la intención pura.
Quizá por eso, al releer que “se establecieron allí” (וַיֵּשְׁבוּ שָׁם – Vayeshevu sham), comprendemos que más allá del acto de asentarse físicamente, nuestra intención debe ser la trascendencia espiritual. Nuestra humanidad confunde la búsqueda de construir algo duradero, cuando en realidad solo puede lograrse a su lado y bajo la guía del Creador.
Eso si no podemos obviar que Sinar (שִׁנְעָר) aparece en Génesis como la región donde se construyó la Torre de Babel y se identifica comúnmente con la región de Mesopotamia (Babilonia). En la tradición cabalística, Sinar representa: Un centro de poder humano que quiso alcanzar lo divino sin la guía divina. Simboliza también el uso de la energía espiritual para fines egoístas o de separación. Y desde la óptica de la cábala, Sinar podría verse como un reflejo distorsionado de Jerusalén.
Mientras Jerusalén representa unión y elevación espiritual, Sinar representa división y orgullo (la Torre de Babel llevó a la confusión de lenguas). Por ello Jerusalén (Yerushalayim, יְרוּשָׁלַיִם) es la ciudad central en el pensamiento místico judío. La cábala la ve como: La intersección entre el mundo físico (Maljut) y los mundos superiores (especialmente Tiféret). Representa la Shejiná (presencia divina) en su máxima manifestación en la tierra. Tiene su contraparte espiritual: Yerushalayim shel ma’ala – “la Jerusalén de arriba”.
Desde el punto de vista de la guematría, algunos sabios han relacionado su valor numérico con ideas de armonía, justicia, y misericordia. Por ejemplo: יְרוּשָׁלַיִם (Jerusalén) = 586. Este número también está relacionado con el concepto de compleción en el árbol de la vida (particularmente con Maljut y Yesod en equilibrio).
Sinar (שנער) = 620, es también el valor de la palabra Kéter (כתר), la sefirá más alta. Esto implica que incluso un lugar con un pasado negativo puede tener un potencial espiritual muy elevado si se redime. También es el número de letras en los Diez Mandamientos (según algunos conteos), lo que sugiere que el potencial de revelación divina está incluso en los lugares de oscuridad.
Sion (ציון) = 156. Igual que Yosef (יוסף), quien representa el justo que mantiene la conexión espiritual incluso en el exilio. Sion es símbolo de la promesa del regreso espiritual y físico a la raíz divina.
La cábala y la guematría ven los lugares geográficos como manifestaciones simbólicas de estados espirituales. Jerusalén, Sion, y Sinar no son solo ubicaciones en el mapa, sino niveles de conciencia:
Jerusalén: unidad, revelación, Shejiná.
Sion: promesa, esperanza, restauración.
Sinar: confusión, exilio, pero también potencial de elevación.
Podemos vivir una “Jerusalén interna”, o estar en un “Sinar personal”, dependiendo de nuestra conciencia y conexión con lo divino.



