
Mi Parashá – Génesis 11:5
La cábala y la gematría nos ayudan a entender mejor expresiones como “descendió”. וַיֵּרֶד (Vayered), con un valor de 214 (ו=6, י=10, ר=200, ד=4), sugiere una intervención divina en los asuntos humanos. En este caso, se trata de otro momento de evaluación, e incluso juicio, que no solo tiene que ver con ese instante, sino que, mirado desde la eternidad, nos recuerda que tendremos un juicio divino. Gracias a la intervención de nuestro Señor Jesucristo, como en este caso, el propósito es corregir el curso de la humanidad cuando se ha desviado.
Por ello, la palabra Adonay, יְהוָה (El Señor), que contiene las letras del Tetragrámaton, con un valor gemátrico de 26 (י=10, ה=5, ו=6, ה=5), no solo proyecta ese nombre sagrado que se asocia con la misericordia y la creación, sino que reitera que su intervención no es solo un acto de juicio, sino también de misericordia, como una oportunidad para redirigir a la humanidad. Al desconocer sus mandatos, olvidamos que esas decisiones tienen efectos.
La palabra “ver”, לִרְאוֹת (Lirot), con un valor de 301 (ל=30, ר=200, א=1, ו=6, ת=400), nos lleva a un contexto en donde observar se debe comprender como apreciar profundamente. El Creador no solo mira la ciudad y la torre físicamente, sino que evalúa las intenciones y propósitos detrás de esta construcción humana. El número 301 es clave para entender la relación entre sabiduría y un entendimiento profundo.
El concepto de ciudad, הָעִיר (Ha’ir), con un valor gemátrico de 286 (ה=5, ע=70, י=10, ר=200), denota el esfuerzo colectivo de la humanidad por establecerse de forma permanente en un mundo material, lo cual frecuentemente nos separa de los principios espirituales. Construir estructuras materiales puede ponernos en riesgo de perder el enfoque espiritual.
La palabra “torre”, הַמִּגְדָּל (Hamigdal), con un valor de 77 (ה=5, מ=40, ג=3, ד=4, ל=30), nos habla del intento de alcanzar niveles más altos de conocimiento o poder, pero en este caso, desde una perspectiva egoísta. Este tipo de elección nos lleva a pruebas y dificultades, producto de nuestra arrogancia y deseo de trascender sin tener en cuenta al Creador.
Cuando se nos llama “hijos de los hombres”, בְנֵי הָאָדָם (Bnei ha’adam), con un valor de 102 (ב=2, נ=50, י=10, ה=5, א=1, ד=4, ם=40), se nos está mostrando alejados de Él, construyendo torres y ciudades sin tenerlo en cuenta. Este deseo pretende establecer una independencia de Dios, lo que hace que nuestras estructuras humanas sean incompletas o defectuosas, por carecer de la guía divina.
El esfuerzo humano de construir la Torre de Babel lleva al Creador a descender, haciendo indispensable su intervención en los asuntos humanos. Es un acto de corrección, en el que evalúa nuestras acciones, no solo desde una perspectiva externa, sino también interna, observando las intenciones detrás de ellas.
La gematría de la palabra “vayered” (214) sugiere que esta intervención busca traer equilibrio a una situación desordenada, mientras que el valor de “Adonai” (26) refleja la misericordia divina, lo que indica que, incluso en el juicio, Él actúa con compasión.
La acción de “ver” (lirot), con un valor de 301, nos recuerda que la comprensión divina es profunda y abarca no solo los actos visibles, sino las motivaciones detrás de ellos. La ciudad (ha’ir) y la torre (hamigdal) son símbolos del esfuerzo humano por establecerse en el mundo material, pero el valor gemátrico de 286 para “ciudad” y 77 para “torre” subraya que estos esfuerzos, cuando no están alineados con la espiritualidad, conducen a la fragmentación y al fracaso.
El hecho de que estos actos sean atribuidos a los “hijos de los hombres” (bnei ha’adam, 102) indica que la humanidad, al desconectarse de lo divino, construye algo incompleto y frágil. En última instancia, este versículo nos recuerda que, aunque los seres humanos puedan aspirar a construir algo grande, si no está guiado por principios espirituales, ese esfuerzo será limitado y destinado al fracaso.



