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Mi Parashà – Génesis 11:7

Entender la intervención divina para confundir nuestras lenguas, fruto de la intención humana de construir la Torre de Babel, nos lleva a reflexionar no solo sobre la diversidad que ya se venía dando como propósito celestial, sino, sobre todo, en cómo sus normas, leyes e incluso mensajeros celestiales están allí para corregir la dirección que vamos tomando tanto en lo particular como en lo general.

Desde esa perspectiva, debemos comprender que el concepto de “descenso” (nerda, valor 259) es, en realidad, una manifestación del juicio, en donde ese equilibrio de fuerzas que Él mismo nos ejemplifica también nos muestra su misericordia, la cual es evidente al frenar ese esfuerzo egoísta de los seres humanos. Él lo evita para que no nos alejemos aún más de nuestro propósito espiritual y nos perdamos.

Vivimos confundidos, por lo que nuestros ciclos y procesos implican, en ocasiones, desestructurar algo que, aunque estamos organizando, tiene fines macabros. Por ello, esa lengua común, que permitía a los humanos trabajar juntos, debe ser confundida, ya que nuestra motivación es incorrecta. Nuestro lenguaje es una herramienta poderosa de creación, pero también de destrucción. De ahí la importancia de utilizarlo de tal forma que esos fines egoístas naturales no sigan provocando más fragmentaciones y divisiones humanas.

Y aunque, a veces, no logramos medir los efectos de nuestras decisiones ni el impacto de estas dentro de esa desconexión, fruto del pecado, que se amplía cuando ya no logramos entendernos entre nosotros, reflejando nuestra imposibilidad de comunicarnos, aparece esa intervención que, al confundir nuestros lenguajes, nos reitera que nuestra fragmentación requiere de la unidad para comunicarnos con Él.

El lenguaje del amor, como proceso de vida, nos enseña que la verdadera unidad debe basarse en la comunicación y la conexión con lo divino, para distanciarnos del orgullo y la ambición humana. Por ello, la expresión: הָבָה (Hava), “Vamos”, con un valor gemátrico de 12 (ה=5, ב=2, ה=5), nos indica que esa decisión o acción colectiva llevó a la intención divina de intervenir cuando pusimos en riesgo el orden y la estructura, a fin de restaurar el equilibrio interrumpido por los esfuerzos humanos egoístas.

La visión de descender נֵרְדָה (Nerda), valor gemátrico de 259 (נ=50, ר=200, ד=4, ה=5), nos recuerda que esa intervención directa del Creador en los asuntos humanos, aunque representa una manifestación del juicio divino necesario para corregir el camino de la humanidad, también surge como fruto del equilibrio que implica su misericordia para generar un cambio estructural.

La confusión como tal נָבְלָה (Navlah), valor gemátrico de 87 (נ=50, ב=2, ל=30, ה=5), no solo buscaba alterar nuestro lenguaje externo, sino provocar una interrupción de esa aparente armonía que solo reflejaba nuestra descomposición como sistema estructurado. Al frenar el poder de esa unión sin dirección espiritual, se buscaba llamar nuestra atención para que volviéramos a comunicarnos con el Creador a través del lenguaje del amor.

El concepto de lengua שְׂפָתָם (Sefatam), valor de 451 (ש=300, פ=80, ת=400, ם=40), más que un medio de comunicación, en este caso, rompe la búsqueda de unidad como propósito común para dispersarnos en ideas que hagan que nuestra colaboración ya no dependa de nuestro ego, sino que esta herramienta de creación, fruto de nuestra propia separación, nos incite a un uso distinto.

El concepto complementario de “unos”, אִישׁ (Ish), valor gemátrico de 311 (א=1, י=10, ש=300), nos habla de los hombres como individuos que no logran entender a su prójimo, por lo que se pierde esa capacidad de colaborar entre sí, prolongando esa fragmentación y, por ende, nuestra desconexión.

Por ello, esa otra lengua, “שְׂפַת רֵעֵהוּ” (Sefat re’ehu), “Lengua de su compañero”, valor gemátrico de 841 (ש=300, פ=80, ת=400, ר=200, ע=70, ה=5, ו=6), simboliza la pérdida de conexión y entendimiento entre las personas, ya que la comunicación, que antes era un medio de unión, ahora se convierte en una barrera que impide la cooperación, lo que finalmente conduce a la dispersión de la humanidad.

La lección más profunda que podemos extraer de este versículo es la importancia de la intención detrás de nuestras acciones. Aunque la unidad y la cooperación son esenciales para el éxito humano, cuando estas están motivadas por el orgullo o la ambición egoísta, pueden llevar a la desconexión y al fracaso.

El versículo nos invita a reflexionar sobre cómo usamos nuestras habilidades y nuestra capacidad de comunicarnos para crear un impacto positivo en el mundo, siempre alineándonos con los principios espirituales y con el propósito divino. No olvidemos que este evento marca el comienzo de la diversidad cultural y lingüística, lo cual puede verse como un desafío, pero también como una oportunidad para aprender a valorar y respetar las diferencias que enriquecen a la humanidad.

Cuando la Tora hace referencia a que el Creador descendió, nos esta revelando que aunque Él es omnipresente e infinito y que incluso el principio central nos reitera que “Ein Sof” no se mueve, ya que en su esencia —Ein Sof (אֵין סוֹף), “el Infinito”— no cambia, no se mueve, no “desciende”. No hay arriba ni abajo para Él. Como dice el Zohar: “Leit atar panui minei” – “No hay lugar vacío de Él” (Zohar I, 168a), ese descenso, Tzimtzum o constricción de luz como lenguaje metafórico, se refiere a que la conciencia divina se manifiesta en un nivel inferior.

Dios no cambia, pero Se revela de forma más limitada para adaptarse al recipiente humano. Este principio se conoce como Tzimtzum (צִמְצוּם) – contracción o atenuación de la luz infinita para permitir la existencia del mundo finito. Dios no baja. El nivel de revelación baja para que el ser humano pueda percibir.

 “Vayered” (וַיֵּרֶד) = 220. Veamos algunos vínculos posibles con esta cifra:

220 = שם (Shem, “nombre”) [340] – אדם (Adam, “hombre”) [45] – רז (Raz, “secreto”) [207] → Esto sugiere que el “descenso” implica una intervención en el secreto del nombre en relación al hombre, una especie de acto divino para reorientar lo que se desvía.

220 = 10 x 22, es decir: las 10 sefirot manifestadas a través de las 22 letras del alfabeto hebreo, lo que representa la comunicación divina dentro de los límites del mundo creado. Es decir, cuando la Torá dice que Dios “descendió”, está diciendo que la luz infinita se expresó en un lenguaje comprensible, limitado, terrenal.

Y desciende porque los seres humanos estaban construyendo desde el ego separado, no desde la conexión. Eso distorsiona la energía divina en el mundo. El “descenso” aquí puede leerse como: Un juicio correctivo, sí —pero también una invitación a rectificar (Tikún), a volver a conectar el mundo físico con su raíz espiritual.

En textos como el Etz Chaim del Arizal, se explican distintos niveles del “descenso” divino: Ein Sof como luz infinita, incognoscible, o como Tzimtzum, retiro aparente de luz para permitir lo finito o como Sefirot para revelarse a través de esos canales (de Kéter a Maljut)  o como Shejiná en donde su presencia divina baja al mundo físico, descenso para confrontar una realidad construida sin ella.

El mensaje profundo: La verdadera ascensión comienza con el descenso. En la visión cabalística, el “descenso” de Dios refleja también la misericordia divina: Él desciende a nuestro nivel para que podamos ascender al Suyo. Este patrón se repite: En el Éxodo: “He descendido para librarlos de Egipto” (Éxodo 3:8). En la entrega de la Torá: “Y Dios descendió sobre el monte Sinaí” (Éxodo 19:20). Cada vez, es una manifestación de la voluntad divina de encontrarnos en nuestra oscuridad para elevarnos hacia la luz.

Cuando la Torá dice que Dios “desciende”, la cábala lo entiende como: Una manifestación adaptada de la luz divina a niveles inferiores de conciencia. Una reacción a la desconexión humana, para corregir, realinear o proteger el orden espiritual. Un acto de compasión para que lo infinito se acerque a lo finito. Dios está en todas partes, pero no en todas partes se le percibe. El “descenso” es, en realidad, una invitación a subir en nuestra percepción.

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