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Mi Parashá – Génesis 12:5

El primer gran acto de fe de Abram fue avanzar en su camino espiritual, un movimiento permanente en el plano terrenal hacia un nuevo territorio que es espiritual. Este acto implica asumir los cambios que se deben dar en nuestro nivel de conciencia, dejando atrás la estabilidad y todo lo que nos ata a la tierra de Harán, para ingresar en territorios desconocidos, donde dependemos únicamente de confiar en Él y en su plan divino.

El hecho de que Abram lleve consigo a “todas las personas que habían adquirido en Harán” puede interpretarse como un acto de llevar no solo a las personas físicamente, sino también las almas de aquellos que fueron impactados espiritualmente por él. Esta metáfora nos enseña el rol que debemos cumplir como líderes y guías espirituales.

La expresión “y tomó”, ויקח (Vayikach), cuyo valor gemátrico es 44 (ו = 6, י = 10, ק = 100, ח = 8), nos lleva al concepto de elección consciente, asumiendo el mandato divino con determinación. Por ello, el nombre de Sarai (שרה), cuyo valor gemátrico es 510 (ש = 300, ר = 200, י = 10), como complemento del contexto, nos recuerda que Sara, como fuerza femenina, es una parte fundamental del plan divino.

No se trata solo del linaje que se formará a través de ella, sino que también nos indica la alineación de fuerzas, siendo lo femenino necesario para la armonía de lo masculino. Así, el concepto de posesiones, רכושם (Rechusham), con un valor gemátrico de 954 (ר = 200, כ = 20, ו = 6, ש = 300, ם = 400), nos proyecta en este versículo la sabiduría que debe articularse con nuestros conocimientos a medida que ascendemos en el camino espiritual.

Las “posesiones” que Abram toma hablan más de las experiencias y enseñanzas que ha acumulado en su vida hasta ese momento. El término personas, נפש (Nefesh – Almas), con un valor gemátrico de 430 (נ = 50, פ = 80, ש = 300), se refiere no solo a familia o sirvientes, sino a las almas que él ha influenciado espiritualmente, aquellos a quienes ha guiado hacia una mayor conciencia espiritual.

El valor gemátrico de nefesh (430) también se asocia con los conceptos de “esclavitud” y “redención”, número de años que los descendientes de Abram pasarán en Egipto antes de ser liberados. Esto nos sugiere que nuestras almas, a través de este viaje, están asumiendo un proceso de redención futura gracias a nuestro tránsito por este plano.

El viaje hacia Canaán, que se menciona dos veces en este versículo, confirma que más allá de ser un destino geográfico, estamos en busca de esa tierra prometida en un sentido espiritual: un lugar donde se alcanza una mayor conexión con lo divino, un tránsito que nos lleva a un estado superior de conciencia.

El viaje de Abram hacia Canaán nos invita a reflexionar sobre los “viajes” que emprendemos en nuestras propias vidas. Estos no siempre son físicos, sino muchas veces espirituales o emocionales. Dejar atrás lo conocido y adentrarse en lo desconocido, confiando en una guía superior, es un acto de fe que todos debemos enfrentar en algún momento de nuestras vidas.

El hecho de que Abram lleve consigo a su familia, sus posesiones y las “almas” que adquirió, nos recuerda la importancia de nuestras responsabilidades. Cuando avanzamos en nuestro camino espiritual, no lo hacemos solos; influimos en quienes nos rodean y llevamos con nosotros la sabiduría y las experiencias que hemos acumulado. No se trata solo de lo material, sino de todo lo que hemos adquirido espiritualmente: nuestras virtudes, conocimientos y aprendizajes que podemos compartir con los demás.

No perdamos de vista que Harán estaba ubicada en la región del alto Éufrates, en lo que hoy es el sur de Turquía, cerca de la frontera con Siria.

Era un centro importante de comercio y también de cultos astrales y paganos, como el culto a la luna (Sin/Nanna).

En la narrativa bíblica, Abraham se detiene allí después de salir de Ur de los caldeos con su padre Teraj. Solo después de la muerte de Teraj, Dios lo llama a seguir a la “tierra que te mostraré” (Gén. 12:1).

Harán (חָרָן) en la Cábala representa un umbral, un lugar entre el exilio y la promesa, entre el pasado y el futuro.

Es el lugar del “casi” despertar espiritual: una pausa prolongada donde el alma ya no está en el lugar de esclavitud (Ur), pero aún no ha entrado a su destino (Canaán).

En términos espirituales, Harán simboliza el estado del alma que ha recibido el llamado, pero aún no ha actuado plenamente.

חָרָן – Harán: ח (8) + ר (200) + ן (50) = 258. Palabras con valor 258: רַחֲמִים – Rachamim = Misericordia

Esto sugiere que Dios tiene paciencia con nosotros en nuestro Harán. Es un tiempo de misericordia, de preparación antes del gran salto.

אִחּוּר – Ijjur = Retraso, demora

Harán también representa el estancamiento espiritual, el momento en que el alma demora su misión por miedo, comodidad o apego. 258 = también puede formar parte de la raíz חרה – jaráh, que significa “arder” o “encender ira”.

Esto implica que el estancamiento prolongado en Harán puede llevar a sufrimiento, frustración o crisis.

En Cábala, se dice que Harán fue el primer escenario donde Abraham fue probado en la fe, el desapego y la obediencia interior. Estaba a medio camino de Ur que significa oscuridad, idolatría, presión del Ego, siendo esa zona de transición una prueba de fidelidad espiritual para llegar a Canaán que es ese despertar o destino espiritual que implica la plenitud de nuestro tikúm.

Todos pasamos por un “Harán” espiritual. Momentos donde ya no estamos cómodos en lo antiguo, pero aún no nos lanzamos a lo nuevo.

Espacios donde sentimos el llamado al crecimiento, pero lo postergamos.

Harán como el lugar donde muere lo viejo. Solo tras la muerte de Teraj (el padre de Abraham) el viaje puede continuar.

En términos interiores: Teraj representa los viejos patrones, la mente limitada, los miedos heredados.

Para salir de Harán, uno debe dejar morir lo viejo, incluso si eso significa soltar vínculos con el pasado.

¿Dónde estás aún detenido?

¿Qué llamado interior estás retrasando?

¿Qué parte de ti debe morir en Harán para que puedas llegar a la tierra que el Creador te mostrará?

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