
Mi Parashá – Génesis 13:15
La promesa divina a Abram sobre la posesión de la tierra (ha’aretz) para él y su descendencia no solo se refiere a la tierra física, sino también a una manifestación de lo espiritual: el espacio donde lo divino se realiza en el mundo material. Esto significa que su descendencia no solo heredará la tierra física, sino que también estará conectada con el flujo divino de bendiciones espirituales.
La palabra clave aquí es “para siempre” (עַד־עוֹלָֽם, ad olam), que implica una eternidad no solo en el sentido temporal, sino también en un plano espiritual eterno. El concepto de eternidad se relaciona con lo infinito y la idea de que las bendiciones divinas no están limitadas por el tiempo ni el espacio.
La eternidad es algo que apenas comprendemos, ya que no vemos más allá del horizonte que nos plantea este mundo, הָאָ֨רֶץ (ha’aretz), con un valor numérico de 296. Simplemente vemos, רֹאֶ֖ה (ro’eh), cuyo valor es de 206. Esto sugiere que frente a la secuencialidad de nuestro tiempo terrenal, el concepto de “para siempre” es difícil de comprender, עוֹלָֽם (olam), con un valor de 146.
El valor gemátrico de “la tierra” (ha’aretz) y “ves” (ro’eh) juntos suma 502, lo que simboliza la conexión entre la visión espiritual de Abram y la manifestación física de la tierra prometida. La relación entre lo que se “ve” espiritualmente y lo que se recibe en el plano material es crucial, ya que la visión de Abram abre el canal para que reciba las bendiciones divinas.
Es por ello que el término olam (eternidad) también es significativo, porque la gematría nos muestra que, aunque su número es menor en comparación con los otros términos, “eternidad” en este contexto es el resultado final de lo que Abram verá y recibirá: un regalo divino que no está limitado por el tiempo.
Lo que podemos ver con los ojos de la mente y el corazón es distinto a lo que podemos “visualizar” y comprender espiritualmente. Esto está ligado a lo que podemos recibir de Él: una eternidad que nos llama a expandir nuestra visión espiritual para recibir más de ella, la cual nos muestra que la muerte es tan solo una transición.
Reconectarnos con esa visión, con Su promesa eterna, nos ofrece otra realización para nuestras vidas, ya que lo que vemos y comprendemos espiritualmente es lo que podemos manifestar en el mundo material. Es una invitación a expandir nuestra visión y confiar en las promesas divinas, sabiendo que lo que vemos con los ojos espirituales tiene el potencial de manifestarse en nuestras vidas físicas.
La promesa de la tierra es una metáfora de las oportunidades y bendiciones que se nos presentan cuando somos capaces de alinear nuestra visión espiritual con la voluntad divina. La fe es fundamental para recibir las promesas divinas, siendo la tierra prometida a Abram el escenario de bendición espiritual eterna que recibiremos todos aquellos que, por fe, aceptemos esta promesa.
Expandir nuestra conciencia y abrirnos a estas posibilidades espirituales nos permite acceder a esas bendiciones eternas que forman parte de nuestro “aquí y ahora”, siempre y cuando estemos preparados para vivir en este plano terrenal de manera coherente con esa visión espiritual, que además debe influir en nuestras generaciones.



