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Mi Parashá – Génesis 17:8

Este versículo contiene conceptos profundos sobre la tierra (eretz) como símbolo de la manifestación material de lo divino en la vida humana, indicándonos que la tierra prometida representa no solo un lugar físico, sino también un estado espiritual de crecimiento y conexión con el Creador. Canaán (כנען) puede entenderse, desde una perspectiva cabalística, como un símbolo del proceso de “posesión” o conquista interna, donde cada persona trabaja en su propio desarrollo espiritual para alcanzar una “tierra interior” de paz y conexión divina.

La idea de una posesión perpetua no se refiere solo a la tierra en términos físicos, sino a la herencia espiritual y al vínculo eterno que el pueblo tiene con el Creador. Esto sugiere que la promesa y el pacto no se limitan al tiempo o al espacio físico, sino que abarcan la eternidad y el progreso espiritual a través de las generaciones.

Si desglosamos el valor numérico de la palabra כנען (Kena’an – Canaán), כ (Kaf) = 20, נ (Nun) = 50, ע (Ayin) = 70, נ (Nun) = 50, la suma de los valores de estas letras nos da 190, que evoca la idea de rectificación (tikún), un concepto cabalístico importante que implica la corrección espiritual y el esfuerzo por alinear la vida material con la vida divina.

En el contexto de este versículo, la rectificación puede referirse a la corrección del vínculo entre el pueblo y la tierra, asegurando que esta posesión física (la tierra de Canaán) esté siempre relacionada con el cumplimiento del pacto espiritual con el Creador.

Este versículo destaca el aspecto de promesa divina de una tierra física y espiritual para las futuras generaciones de Abraham. Desde una perspectiva espiritual, la “tierra” es un reflejo de la realidad interna, y la “posesión eterna” puede entenderse como un llamado a cada generación para continuar el trabajo espiritual de conectarse con lo divino y habitar, no solo en un espacio físico, sino en una dimensión de conciencia elevada.

El hecho de que el Creador promete ser su Dios (vehayiti lahem l’Elohim) subraya la relación continua y dinámica entre la humanidad y la divinidad. Esto nos invita a reflexionar sobre cómo estamos utilizando nuestras propias “tierras” o recursos internos y externos, y si estamos trabajando en nuestras vidas para realizar el potencial espiritual que hemos heredado.

En términos prácticos y personales, este versículo nos llama a mirar más allá de lo material y físico, a reconocer la importancia de nuestra posesión espiritual y de cómo la mantenemos viva a través de nuestras acciones, pensamientos y relaciones. Así como la tierra de Canaán fue dada como herencia perpetua, también tenemos la responsabilidad de hacer fructífero nuestro propio desarrollo espiritual y el de nuestras futuras generaciones.

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