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Mi Parashà – Génesis 21:26

En este versículo, Abimelec expresa su ignorancia sobre la situación en cuestión. A nivel simbólico, la ignorancia se asocia con la oscuridad espiritual. En la gematría, las palabras clave del versículo, como לֹ֣א יָדַ֔עְתִּי (lo yadáti, “no sabía”), suman 451, lo cual, en la Cábala, representa la idea de juicio y corrección. La falta de conocimiento o conciencia aquí refleja la separación del entendimiento divino, que solo puede corregirse a través de la revelación y el diálogo.

La palabra דָּבָ֣ר (davar), que significa “palabra” o “cosa”, tiene un valor gemátrico de 206, que se relaciona con la comunicación y la importancia de lo que se dice o calla. En la tradición cabalística, esto destaca el poder de la palabra para aclarar la verdad y traer luz donde hay oscuridad. El reconocimiento de Abimelec de no haber sabido hasta ese momento subraya cómo la verdad necesita ser revelada para transformar la ignorancia en entendimiento.

Este versículo nos recuerda que la falta de comunicación y la ignorancia pueden causar malentendidos y conflictos. En un sentido espiritual, nos invita a reflexionar sobre la importancia de buscar la verdad y de ser transparentes en nuestras relaciones. La ignorancia no solo es una falta de conocimiento, sino también una desconexión de lo divino, que puede ser corregida a través del diálogo y la búsqueda de sabiduría.

Hemos venido leyendo de juramentos lo cual no es lo mismos desde el Nuevo Testamento, por ello al reflexionar sobre por qué Abraham no estaba “pecando” al jurar debemos revisar el contexto cultural de Abraham, en esa época en donde para los patriarcas, el juramento no solo era lícito, sino que era la herramienta legal máxima. No existían los contratos ante notario ni los registros civiles.

Pacto de paz: Abraham juró ante Abimelec para establecer un tratado de no agresión y asegurar los derechos sobre un pozo de agua (Beerseba).

Validez teológica: En el Antiguo Testamento, jurar por el nombre de Dios era visto como un acto de máxima piedad y seriedad, siempre y cuando se cumpliera lo prometido. De hecho, la Ley de Moisés diría más tarde: “A Jehová tu Dios temerás… y por su nombre jurarás” (Deuteronomio 6:13).

¿Por qué creemos que es pecado?

La idea de que “jurar es pecado” proviene principalmente de las palabras de Jesús en el Sermón del Monte:

“Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera… Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.” (Mateo 5:34-37)

Jesús elevó el estándar moral. Él enseñó que la honestidad de una persona debe ser tan absoluta que no necesite invocar a Dios como garantía para que le crean.

La diferencia entre “Pecado” y “Evolución de la Ley”

Para Abraham, jurar era una forma de honrar la verdad poniendo a Dios como testigo. No fue un pecado porque:

No había prohibición: Dios aún no había dado la instrucción de “no jurar”.

Intención: Abraham no estaba usando el nombre de Dios en vano, sino para establecer justicia y paz.

Abraham operaba bajo una dispensación diferente. En su tiempo, el juramento era la base de la fidelidad social. Fue Jesús, siglos después, quien pidió a sus seguidores ir más allá, eliminando la necesidad de juramentos mediante una integridad personal total.

Por ello desde una perspectiva teológica y espiritual contemporánea, también debemos releer esa figura de Abimelec ya no solo como un personaje histórico, sino un arquetipo que nos enseña cómo debe ser la relación entre el creyente y el mundo secular (o los no creyentes).

El reconocimiento de la bendición de Dios en otros

Abimelec representa al “mundo” observando a la Iglesia. Él se acerca a Abraham no por amistad, sino porque admite: “Dios está contigo en todo cuanto haces” (Génesis 21:22).

El rol hoy: Nos recuerda que nuestra conducta y éxito deben ser tan evidentes que incluso quienes no comparten nuestra fe reconozcan que hay algo “diferente” o divino en nosotros. Abimelec es el espejo que refleja si estamos siendo luz.

La ética del “Inconverso Noble”

A menudo cometemos el error de pensar que quien no conoce a Dios carece de moral. Abimelec confronta a Abraham cuando este miente sobre Sara, demostrando tener un sentido de la justicia muy agudo.

El rol hoy: Nos enseña humildad. A veces, personas que no profesan nuestra fe actúan con más integridad que nosotros. Abimelec nos recuerda que Dios también puso conciencia y “ley en el corazón” de todos los hombres (Romanos 2:15).

El establecimiento de límites y respeto mutuo

Abimelec busca un pacto de paz. Él no intenta convertirse a la fe de Abraham, pero exige respeto y convivencia pacífica.

El rol hoy: Representa la sana convivencia ciudadana. Como creyentes, Abimelec nos enseña que debemos ser buenos vecinos, cumplir los pactos civiles, respetar la propiedad ajena (el conflicto de los pozos) y buscar la paz con todos, sin comprometer nuestra identidad.

La resolución de conflictos (Justicia Restaurativa)

En la historia de los pozos, hay una disputa legal. En lugar de ir a la guerra, Abraham y Abimelec dialogan, presentan pruebas (las siete corderas) y establecen un acuerdo.

El rol hoy: Es un modelo de cómo gestionar conflictos entre la Iglesia y la sociedad: con transparencia, legalidad y diálogo, evitando el escándalo o la violencia.

Característica de AbimelecAplicación para el creyente hoy
ObservadorEl mundo nos mira; nuestro testimonio es nuestra mayor prédica.
ConfrontadorNos recuerda que no debemos mentir “por miedo” (como hizo Abraham).
PacifistaDebemos buscar la paz y el bienestar de la ciudad donde vivimos.

Abimelec no es un “enemigo” a vencer, sino un vecino con el cual convivir bajo principios de justicia y respeto.

Es por ello que como iglesia a los creyentes se nos invita a mantener una “Santidad Expectante” (Purificación)

El apóstol Juan es muy directo: “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:3).

En la práctica: La Iglesia no espera el arrebatamiento como quien espera un autobús, sino como una novia que se prepara para su boda. Esto implica abandonar el pecado deliberado y las actitudes que “manchan el vestido” (el carácter). La inminencia del evento debe ser el motor para vivir con integridad hoy, no mañana.

El “Ocupaos hasta que yo venga” (Productividad)

Existe el peligro de caer en el “escapismo”, donde el creyente se desentiende del mundo porque “ya se va”. Sin embargo, Jesús enseñó la parábola de los talentos con una instrucción clara: “Negociad entre tanto que vengo” (Lucas 19:13).

El rol social: Como vimos con Abimelec, la Iglesia debe ser la mejor vecina, la mejor trabajadora y la mejor ciudadana. Esperar el cielo no nos quita la responsabilidad en la tierra; al contrario, trabajamos con más excelencia porque sabemos que daremos cuenta de nuestro tiempo.

La urgencia del testimonio (Misión)

Si la Iglesia cree que el tiempo es corto, su prioridad absoluta es la evangelización.

Comportamiento: Una iglesia que espera el arrebatamiento no es cerrada ni exclusivista, sino que tiene un sentido de urgencia por los perdidos. El amor por el prójimo se manifiesta en advertir y compartir el mensaje de salvación. No se puede esperar el cielo con indiferencia hacia quienes se quedan.

La sobriedad y el discernimiento

Jesús y los apóstoles advirtieron que los últimos tiempos estarían llenos de engaño y confusión.

Equilibrio emocional: El creyente debe ser sobrio. Esto significa no caer en fanatismos, no poner fechas (que es un error común) y no vivir en un estado de pánico constante. La esperanza del arrebatamiento es descrita como la “esperanza bienaventurada” (Tito 2:13), es decir, debe producir paz y gozo, no ansiedad.

Resumen de la conducta ideal

ÁreaActitud de la Iglesia
InteriorSantidad y autoexamen constante.
Hacia DiosOración y vigilancia (Velad y orad).
Hacia el mundoServicio, integridad y predicación urgente.
Hacia los hermanosComunión y consuelo mutuo (1 Tesalonicenses 4:18).

El peligro histórico ha sido balancearse entre dos extremos: el de quienes se olvidan de que Cristo viene y viven como el mundo, y el de quienes se obsesionan tanto con el futuro que dejan de ser útiles en el presente. La Iglesia que “espera bien” es la que tiene la mirada en el cielo, pero los pies y las manos firmemente puestos en el servicio aquí en la tierra.

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