
Mi Parashá – Génesis 8:7
La palabra cuervo, “עֹרֵב” (Orev), con un valor de 272, aunque regularmente tiene connotaciones complejas debido a las descripciones que, sobre sus costumbres, tenemos los humanos, que hacen que no veamos a esta ave como atractiva y, por el contrario, agreste, en este caso nos habla de una capacidad de exploración que nos debe llevar a asimilar la transición.
Pruebas que nos llaman a comprender que, aunque nuestras expectativas regularmente no concuerdan con lo que nos ofrece la realidad, lo cierto es que, si aceptamos que estamos siendo sometidos a cambios, que ya no identificamos como castigos, sino como oportunidades de crecimiento, estos nos permitirán aceptar que, incluso, como más adelante lo estudiaremos, esos mismos cuervos nos podrán alimentar y ayudar.
La palabra “יָצוֹא” (Yatzo – “salió”), con un valor de 96, nos demuestra que ese cuervo, que está asociado a dicha exploración, debe moverse por encima de las aguas, por ende, que podía, a la vez, observar la tierra seca que aún no había emergido completamente, para denotarnos que, en medio de nuestras incertidumbres, no debemos dejar de visionar el proceso de búsqueda de la respuesta del Creador.
Oraciones que, aunque en ocasiones nos parezca que no son respondidas como deberían, nos denotan, con el retorno del cuervo, “שׁוֹב” (Shov – “volver”), con un valor de 308, que no podemos perder la confianza y entender más bien que los tiempos del Creador son perfectos, lo cual nos llama a esperar, a cultivar la paciencia que tanto nos sofoca.
El envío del cuervo, entendido como un acto de prueba, nos llama a explorar nuestro ser interior frente a nuestros diluvios para poder fortalecer nuestra confianza en Él, y su retorno al no encontrar un lugar adecuado para descansar, se convierte más que en un símbolo de incertidumbre, en confianza bajo la esperanza de que Él sabe lo que hace.
Nuestros movimientos, cuando no nos ofrecen los resultados que esperamos coincidan con nuestras expectativas, representan las enseñanzas que debemos asimilar en esos procesos de prueba que, con sus desafíos, nos llevan a buscar respuestas en el único lugar donde las podemos encontrar: a través de la oración, la misma que nos lleva a atender la guía del Creador para ese nuevo día que nos otorga a nuestras vidas.
Todo en esta vida nos llama a sentir esa paz divina, paciencia que lleva implícita la esperanza, la misma que se debe soportar en la confianza para perseverar no solo en la búsqueda de soluciones, sino en esas verdades que se nos revelan a través de esos momentos de transición.
El hecho de que el cuervo no encuentre un lugar para posarse nos recuerda que, a veces, los primeros intentos pueden no tener éxito, pero son necesarios para el proceso de aprendizaje y adaptación. Por lo cual, como el cuervo, al encontrarnos “volando” en busca de tierra firme, aun si no la encontramos, debemos mantener la confianza en que Él sabe lo que hace y que sus tiempos son perfectos.
Aunque la espera y la incertidumbre pueden ser difíciles, forman parte del proceso de encontrar un nuevo equilibrio y estabilidad en nuestras vidas, por ende, esa paciencia que nos debe llenar de confianza en el proceso divino es esencial para superar estos momentos de incertidumbre y avanzar hacia una nueva realidad más sólida y estable.



