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Mi Parashá – Génesis 9:16

Los seres humanos, a través de nuestro iris, la parte coloreada de nuestro ojo, regulamos la cantidad de luz que entra a dicho sentido perceptivo, capturando del exterior una especie de fotografías instantáneas que, dependiendo de las condiciones de iluminación y de los preconceptos establecidos sobre dichas imágenes, nos permiten interpretar una realidad quizás distinta, pero que es la que decimos observar.

La estructura circular que se encuentra entre la córnea, la capa transparente en la parte frontal del ojo, y el cristalino, la lente interna del ojo, al contraerse o dilatarse, posibilita el control del tamaño de la pupila y, por ende, la cantidad de luz que entra. Por lo tanto, esta puerta estrecha de luz, que cual espejo refleja interiormente dichas imágenes al revés, nos reitera que estamos ciegos a lo espiritual y necesitamos de la fe.

Así que ese pacto visible del Eterno con nosotros a través de dicho arco nos reitera esa promesa de que le veremos cara a cara (וּרְאִיתִיהָ, ure’itihah), percepción que debe trasladarse a lo espiritual, a lo profundo de nuestro ser, para que esa renovación interior nos conduzca a Su misericordia y, gracias a Su protección, refuerce la idea de que Él es accesible para cada ser viviente.

La inclusión de la expresión “eterno” (עוֹלָם, olam) o “para siempre”, con un valor gemátrico de 146 (ע=70, ו=6, ל=30, ם=40), refuerza la idea de que este pacto es perpetuo y sin fin, abarcando todo el tiempo y la existencia. Así, el término “arco” (הַקֶּשֶׁת, haqeshet), con su valor gemátrico de 800, suma al concepto al sugerirnos un ciclo completo hasta llegar a su plenitud.

Sus manifestaciones cubren todas las áreas de la vida y la creación, por lo que todo nos denota Sus señales como recordatorios, incluso visibles, de otra realidad espiritual que, a través de símbolos como el arco iris, nos proyectan ese poder profundo para conectarnos con lo divino y para renovar nuestro compromiso con los valores y principios que sustentan nuestra vida.

Todo nos inspira a buscar y reconocer los “arcos” en nuestra propia vida: esos momentos y señales que nos recuerdan nuestras promesas, compromisos y la constante presencia de lo divino en el mundo. Nos anima, además, a vivir con conciencia de lo eterno, sabiendo que nuestras acciones tienen un impacto duradero y que estamos siempre bajo la mirada protectora del Creador.

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