
Mi Parashá – Génesis 6:19
Formamos parte de una realidad dual, producto de habernos alimentado del árbol del conocimiento del bien y del mal y sus frutos, lo que significa que esa mención de “dos en dos” nos lleva a la idea de la importancia de preservar ese equilibrio necesario en la creación y que, en este plano terrenal, depende de nosotros.
La misma dualidad que vemos en los conceptos de macho y hembra es esencial no solo para la reproducción, sino también para la armonía del universo. Esto significa que esa arca también representa ese microcosmos que es nuestro mundo, pero también el de nuestros propios seres, donde cada partícula, como cada ser viviente, debe estar en equilibrio para que la vida pueda continuar después del diluvio.
Nuestras propias enfermedades son llamadas de atención en esta búsqueda, por lo que hay que ver en esa dualidad nuestra constante oportunidad de alcanzar esa integración entre esos aspectos que, al leerlos como opuestos, nos parecen contradictorios. Necesitamos comprender tanto el juicio como la misericordia, atributos divinos que constituyen esa armonía necesaria para que la creación sea completa.
Nuestros propios instintos contienen, por lógica, este tipo de fuerzas, siendo entonces natural que, aunque se nos llame a la procreación, también entendamos que esta tiene leyes, un orden que debemos respetar para que esos aparentes pequeños desequilibrios que percibimos como placenteros no terminen sumándose al punto de generar la destrucción y la necesidad de un diluvio para que nuestra arca nos lleve hacia nuestra purificación.
La palabra “shenáyim” (שְׁנַיִם), que significa “dos”, tiene un valor numérico de 400, que nos lleva, a través de la letra “ת” (Tav), última del alfabeto hebreo, a los conceptos de completitud y verdad. Así, al sumarse dentro de un párrafo a expresiones como “zajar” (זָכָר) “macho”, que tiene un valor de 227, y “nequéva” (נְקֵבָה) “hembra”, con un valor de 157, todos esos signos lingüísticos, por su combinación y suma de números, nos reflejan esa necesidad de complementariedad y equilibrio en el proceso de creación y conservación de la vida.
Es una invitación divina permanente para buscar ese equilibrio en la dualidad de nuestras vidas, de modo que, así como Noé debía traer parejas al arca para preservar la vida, nosotros también podamos buscar el equilibrio y la armonía a través de nuestras acciones y relaciones, buscando esa fusión de los opuestos, donde la masculinidad y la feminidad simbolizan la necesidad de integrar diferentes aspectos de nuestras vidas para alcanzar la plenitud.
El tema tiene tantas implicaciones y tanta profundidad que simplemente debemos asumir el equilibrio como algo esencial en todo y en todos, generando ese crecimiento espiritual integral que garantiza la continuidad de la vida en todas sus formas, por lo que cada aspecto, por pequeño que nos parezca, es complementario. Nuestra tarea es encontrar y mantener esa armonía.
La vida florece cuando hay armonía, y esto se aplica tanto en el ámbito físico como en el espiritual. Esto nos recuerda que debemos cuidar tanto de nuestras relaciones como de nuestro ser interior, asegurándonos de que ambas dimensiones estén en equilibrio para poder avanzar hacia un futuro lleno de vida y propósito.



