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MI Kabbala – Elul 7, 5785 – Domingo 31 de agosto del 2025

¿Tribus?

El Texto de Textos nos revela en Deuteronomio 6:7, “y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes”.

La Biblia nos presenta a siete grandes patriarcas: Adán, padre de todas nuestras generaciones y quien fue hecho a imagen y semejanza del Creador; Enoc, quien fue arrebatado, dejándonos dicha esperanza a los creyentes; Noé, quien nos enseñó sobre la gracia y el perdón a través de la purificación que nos ofrece el sumergirnos en el agua, lo que para los creyentes significa recibir el Espíritu Santo. También se incluye a Abraham (אַבְרָם) padre de la fe no solo de los judíos, quienes lo imitan con sus sacrificios, sino de los árabes, que a través de su hijo Ismael, como creyentes, buscan su guía, aunque esta no concuerde con los mensajes bíblicos que nos iluminan a nosotros.

El quinto patriarca es Isaac, quien, fruto de su matrimonio con Rebeca (רִבְקָה, Rivka, “la cautivadora”), nos dejó la hermosa analogía, para quienes lo quieran entender, de que la promesa es para todos, una salvación que nuestro Señor Jesucristo cumplió en carne propia, sacrificándose por nosotros. Rebeca nos representa esa Iglesia y a su criado que la encontró, como el Espíritu Santo, quien nos guía para que nos acojamos a esa fe y nos preparemos como la novia idónea para la boda con el Cordero, quien finalmente integrará en el milenio a toda la familia celestial para retornar al Padre.

Y a través de estas Siete generaciones con sus ciclos, llega Sara, esposa de Abraham, como la matriarca que marca el rumbo de Israel, tras una vida de 120 años, lo cual proyecta el ideal como pueblo de mantenernos fieles al Creador, hasta que en este paréntesis cronológico terrenal de nuestra secuencialidad humana termine y el mismo Señor Jesucristo nos rescate para llevarnos al banquete como iglesia o esposa, unificándonos todos como una sola familia, cumpliendo así su promesa (תִּקְוָה, tiqvah).

Siendo Jacob (יַעֲקֹב‎‎, Ya’akov), Israel, pueblo escogido y sus doce hijos, tribus esclavas en Egipto, quienes representan esa liberación, la misma que les otorgó José, quien simboliza al mismo Mesías, ser que debe guiar a sus hermanos hacia el retorno a su patria celestial. Aunque es probable que existan visiones diversas respecto al Plan del Creador, lo cierto es que las siete parábolas que Él expresó nos dan luces precisas para comprender incluso las siete fiestas judías y por ende esa Su revelación, misterios que gracias al Espíritu Santo deben iluminar nuestros dispersos entendimientos.

La narración bíblica, al igual que el libro (סֵפֶר, sefer) de nuestras vidas, nos muestra que somos hijos del Creador. Al permitirnos recrearnos en Su obra a través de nuestras experiencias y palabras, nos dotó de esa perspectiva esperanzadora para sabernos guiados por Su amor, el cual nos ofrece, si así lo queremos comprender, a través de este texto sagrado. En él se revelan los detalles no solo de cómo fue nuestro principio, sino de cómo será nuestro final. Es nuestra obligación aceptar Su invitación para retornar voluntariamente a su lado, para lo cual, como creyentes, contamos con el Espíritu Santo.

El Texto de Textos nos revela en Mateo 16:14, “E iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que habían acontecido. 15 Sucedió que mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó, y caminaba con ellos”.

Oremos para entender con mayor claridad Sus mensajes encriptados.

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