
Mi Kabbala – Jeshván 2, 5786 – Viernes 24 de octubre del 2025
¿Oculto?
El Texto de Textos nos revela en Daniel 2:22, “El revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas, y con él mora la luz”.
Se nos dice que fue Noé quien tuvo la responsabilidad de devolverle la armonía a lo creado tras el diluvio y para ello, construyó un altar e hizo una ofrenda al Creador, un sacrificio que generó la promesa de que tal suceso no se repetiría para la humanidad, aun conociendo la inclinación del corazón humano hacia el pecado (יֵצֶר, yetzer), palabra que en hebreo proviene de la raíz; YZR, “formar”, lo que nos sugiere que Él nos está moldeando, formando, como a un recipiente de arcilla, para que esas intenciones egoístas no deformen nuestras vivencias con interacciones inmorales.
Él como moldeador (yotzer) determina, más allá de nuestras expectativas, el cómo reorientarnos a través de nuestro lenguaje finito y limitado, el cual necesita de sus chispas de Luz, de Su palabra, chispas que leemos como mágicas, (ashshap, אשף) pero que son las que generan la alquimia necesaria para que nuestras percepciones comprendan todas sus señales, las mismas que recibimos como mensajes, de allí la importancia de enfocarnos más que en luminarias, en confiar en Él, fe que permite que el Espíritu Santo, gracias a la lectura diaria del Texto de Textos y la oración, abra nuestro entendimiento.
La letra Bet (ב), segunda del alfabeto hebreo, nos habla de nuestra casa, el hogar celestial, un escenario al que solo podremos acercarnos una vez nos integremos a Él, lo cual lograremos mediante esta Su obra, iluminando lo oscuro y oculto de nuestros imaginarios con sus revelaciones, los mismos que nos hablan del amor, del presente eterno más no de un futuro egoísta, que solo nos lleva a recrearnos en alucinaciones y engaños, en lo malo (Yetzer Hará), de nuestro pecado, decisiones que debemos enfocar a acercarnos a Él en vez de seguir deliberadamente cruzando la delgada línea hacia todo tipo de idolatrías.
Kéter, como primera sefirá (סְפִירוֹת), representa esa irradiación o punto luminoso primordial del zimzum que dio origen a lo creado, un escenario de aprendizaje que requiere de las vibraciones de su Palabra, la misma que es replicada por los profetas, proclamando manifestaciones que significan nuestra redención; un presente divino, que se nos ofrece para que mediante la fe, reconozcamos que Él se humanó para rescatarnos, para salvarnos, reconocimiento voluntario que implica apartarnos de ese molde milenario de desobediencia, de un pecado que nos conduce a ir asimilando esas lecciones de vida celestiales para que no sea este quien cogobierne nuestras vivencias.
Malaquías (מַלְאָכִי), como penúltimo profeta, nos llama a atender ese mensaje redentor y a aceptar que existe algo superior a nuestra capacidad de comprensión finita, por ello al asumir esa infinitud dejamos de percibirnos separados comunicándonos y reconectándonos con esos niveles superiores, místicos del Ein Sof (אין סוף), máxima ocultación posible de nuestro Creador y que como trasfondo nos vislumbra el único fin de este mundo el obedecer a ese Ser superior en vez de querer manipular sus atributos, aceptando especialmente que, como seres de conocimientos limitados, ni siquiera somos capaces de percibirlo con mínima claridad a través de Sus constantes manifestaciones.
El Texto de Textos nos revela en Romanos 1:24, “por lo cual también el Creador los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones”.
Oremos para que nuestras alucinaciones no nos desilusionen más.



