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Mi Kabbala – Jeshván 24, 5786 – Sàbado 15 de noviembre del 2025

¿Anhelos?

El Texto de Textos nos revela en I de Reyes 8:27, “Pero, ¿morará verdaderamente el Creador sobre la tierra? He aquí, los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener, cuánto menos esta casa que yo he edificado”.

El concepto de deseo (חשק, jéšek), entendido como impulso, etimológicamente nos invita a movernos hacia Él y por Él sin embargo nuestra dimensión egoísta de ficción casi estática, que intenta esclavizarnos a su ociosidad, nos condiciona a una actitud que nos lleva a anhelar recibir, sin méritos para ello, sin esfuerzo, buscando placeres sin propósito, tras acciones e impulsos incoherentes que nos desanimarán pues están aislados del fluir que incluso mueve el mundo, producto de ello sucumbimos a una serie de imaginarios disfrazados de sueños, que convierten nuestras búsquedas en insatisfacción y nos sumen en una infelicidad hedonista que contrasta con la invitación divina de dar, de servir y de encontrarle un propósito altruista a nuestras vivencias.

La semántica de la expresión deseo, nos vincula a lo finito, a lo necesario, a lo temporal, a prioridades dentro de un modelo de vida inquieto, que nos arroja perspectivas difíciles de desentrañar, a anhelos egoístas, a una realidad que debemos replantear a través de un lenguaje que nos acerque a una espiritualidad más elevada, la misma que nos invita a integrarnos al movimiento pero del Creador, a ser parte de su obra y a dejar atrás esas intenciones que nos separan de ese estado de plenitud que debe convertirse en nuestro deseo trascendente (Kavaná, כַּוָּנָה), en esa intención profunda, dirigida hacia lo divino.

Quizá por esto Miryam (מרים), como hermana de Moisés, nos lleva con su ejemplo a cuidarnos de algunos deseos que, siendo finitos y limitados, no logramos interpretar completamente producto de esa realidad sesgada que sofoca nuestro lenguaje sesgado el mismo que distrae nuestras intenciones impidiéndonos leer sus diarias revelaciones, las mismas que opacan esos alucinante imaginarios terrenales que solo nos llenan de dudas y quejas producto de expectativas egocéntricas que no se cumplen simplemente porque son esos desilusiones y decepciones que solo perpetúan nuestros ciclos de insatisfacción.

Seguir habitando en este Egipto (Mitzráim, מִצְרַיִם) y sus simbolismos de estrechez y limitación, es lo que nos obliga a perpetuarnos en límites e intenciones que nos alejan del Creador, cuando todo nos invita a reconectarnos con su Espíritu, para que ese vacío existencial terrenal que alimenta un egoísmo insaciable no predomine con su consumismo sin propósito, no obviemos que la misma naturaleza nos provee de todo lo necesario por lo que solo Él puede llenarnos plenamente, razón de peso para que sabiéndonos habitantes de la tierra nos propongamos vivir, pero para cumplir el deseo de unidad celestial.

Él debe ser nuestro único deseo y esta Su obra es el mejor escenario para alcanzarlo, de allí que Su amor es el que puede colmar nuestras coexistencias, transformando nuestros imaginarios con conceptos fraternales que nos satisfacen y alejan de seguirnos juzgando y descalificando, viendo así en los conflictos, oportunidades de cualificarnos, de alcanzar ese estado pleno de eternidad que transforma nuestra materialidad en una intención alineada con el fluir del Creador y su vibración (רטט, ratat) producto de su Palabra.

El Texto de Textos nos revela en Romanos 11:33, “¿Oh, profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!”

Oremos para que nuestro ser finito se entienda como un Espíritu infinito.

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