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Mi Kabbala – Tevet 22, 5786 – Domingo 11 de enero del 2026.

¿Invocación?

El Texto de Textos nos revela en Deuteronomio 6:4, “Oye, Israel: Jehová nuestro Creador, Jehová uno es”.

Los creyentes tenemos diversas formas de llamar o invocar a nuestro Creador, aún entendiendo que Su nombre es impronunciable, sin embargo el tetragrámaton YHWH nos sirve de insinuación para verle en la Torá a través de estas cuatro letras (yud-hey-vav-hey: יהוה) que al combinarse generan un idioma, uno como el hebreo sin vocales, lo que quizá hace que nuestras traducciones que nos hablan de Jehová o Yahvé, no logren esa visión espiritual real de lo que significa el identificarnos con Él cómo Creador, de comunicarnos con Su obra a través del amor en pro de reintegrarnos a Él.

Hay quienes aducen que la raíz de este término significa: Ser, contexto original del concepto Yo Soy (el que Es) o aquel que trae el ser a la existencia. Más el tema es tan profundo que en vez de especular sobre Su nombre y los lógicos poderes milagrosos de Su esencia, debemos aceptar que es esa sonoridad la que nos permite interpretar de una forma u otra lo que visionamos como realidad, por ende conceptos como siervo (netinéo, nĕtı̂nı̂m, נְתִינִים), nos deberían hablar de regalo (Iaô) o Yahu (samaritano, Iabe) como una forma de entender que: Yaw, al conjugarse desde la raíz hebrea: YHWH, nos habla de Èl.

Quienes relacionan estos conceptos con nuestras cuatro formas: punto, línea, plano y cubo, que desembocan quizá en la llamada hoy realidad virtual (3D), nos insinúan que esa misma combinación semiótica nos lleva a Su esencia, la que desconocemos en nuestras realidades producto de nuestros vacíos fundamentados en preceptos lineales sobre los que no profundizamos o visionaríamos en cada letra ese punto (Yud), ese plano (Hey), esa línea (Vav), o todo aquello que partiendo del vibrar de Su palabra nos lleva mas allá de la ilusión de nuestros imaginarios para entender sus revelaciones las mismas que tienen forma material pero que nos hablan de Èl, nuestro Señor (אָדוֹן, adon) y de cómo se comunica.

Nuestras palabras pecaminosas no debemos por ello pronunciar Su nombre sagrado y menos intentar describirle: D’s, ya que no tenemos referencia alguna de Èl, Ser que nos entrega Su palabra como referencia para que imitemos unas cualidades, que como características sirven de ejemplo para nuestras vivencias, de allí que como Adonai o Señor, Elohim o la visión rabínica que prefiere clamarle como HaShem (השם, Shem Hameforash), u otras casi sesenta denominaciones que usamos para describirle, estas solo son imágenes, insumos para acercarnos más a Èl tomando esas nuestras palabras de las suyas para así purificar las nuestras.

Quizá por ello que la Viuda de Sarepta (צָרְפַת, TSarefát) nos enseña que Él cual orfebre nos está preparando a diario para que producto de nuestras creencias, visiones, interpretaciones o de nuestras reflexiones egoístas, nos dejemos guiar por Su Espíritu Santo para alcanzar ese  crecimiento integral, que nos invita a evitar expresar, manipular y manosear el nombre de nuestro Creador, sabiendo que todas esas sus características solo nos deberían servir para reconocerle como nuestro Padre Celestial, dejando entonces que sean nuestras oraciones las que nos permitan ese acercamiento con Él, integrándonos más allá de cualquier palabra con su amoroso fluir.

El Texto de Textos nos revela en Juan 16:22, “en aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará”.

Oremos para que respetemos a nuestro Creador y no usemos su nombre en vano.

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