
Mi Kabbala – Av 9, 5785 – Domingo 3 de agosto del 2025
¿Posesiones?
El Texto de Textos nos revela en Deuteronomio 8:17, “y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza. 18 Sino acuérdate de tu Creador, tu Señor, porque Él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día”.
La relectura de la Biblia nos lleva vernos recorriendo desde nuestra alma a Israel, entorno sagrado otorgado por el Creador a su pueblo, que para algunos escenifica las sagradas escrituras de dicho territorio (Ktavim – כְּתָבִים), lo que a su vez nos dice que no es una posesión, sino un estado de ser para no terminar en Egipto, lugar del cual el mismo nos rescató para que entendamos que somos Sus hijos, lo que significa mayordomos de su obra, la misma que creo tan solo para nosotros.
Así las cosas cuando se nos habla de Betania (Beit-Anya – בית עניה): “la casa de los pobres”, se hace referencia más que a un lugar frente a la cima del Monte de los Olivos; a que busquemos atravesar “al otro lado del Jordán”, cruzando el río donde Él fue bautizado por Juan al comenzar su ministerio público, para empezar así Su reinado, razón de peso para que entendamos que hasta nosotros le pertenecemos, lo que nos llama además a ser más humildes preocupándonos menos por las posesiones temporales terrenales y más por esas posición que significa ser dignos de ser parte de Él mismo.
Somos su tesoro peculiar, sgulah (סְגֻלָּה), su más preciada posesión. De allí que la raíz SGL nos indique, a través de expresiones como sagol (סגול), que significa púrpura, un color reservado para la ropa más lujosa del mundo antiguo, que somos su pueblo elegido y que le pertenecemos, por lo que esa tonalidad como manto de nuestro Señor nos reitera también que, nos debemos a Él, que aunque coexistimos en un mundo que aparente estar sin Él, si dependemos de Él, de sus mandatos, los mismos que al no seguir nos llenan de esa corrupción del pecado que solo sirve como llamado para buscar de Su Luz.
Como creyentes, poco nos ocupamos por entenderlo, le despreciamos (Melitz, de la raíz LIZ, ליץ)) al no escucharlo y buscar, incluso, acomodando Su Palabra a nuestras ilusiones egocéntricas, tal como hicieron los hermanos de José, que aún estando frente a él en Egipto no lo atendieron, dependiendo más de traductores y burladores, cuando lo que debemos hacer es superar esos obstáculos que en ocasiones no reproducen nada de lo preceptuado por Él y logremos recurrir a nuestro facilitador de comunicación, su Santo Espíritu, para no dejarnos guiar por esos cientos de seres que quieren adecuar las Escrituras a su acomodo y que no son dignos de confianza.
Valdría la pena que, entendiéndonos como su posesión (lirkosh – לִרְכּוֹשׁ), busquemos que nos lleve nuevamente a la tierra prometida del Edén, y allá podamos vivir en la nueva Jerusalén: el Paraíso, a Su lado, sabiéndonos parte importante de la creación: sus hijos. Por ende, bajo esa convicción, dejemos finalmente a un lado la búsqueda de posesiones materiales e intelectuales ilusorias y nos permitamos disfrutar de ser Su tesoro más preciado, valorando Su amor, cubriéndonos con el manto púrpura en el que reconocemos ser de Él y, por lo tanto, vivir para Él.
El Texto de Textos nos revela en Mateo 6:19, “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompe, y donde ladronas minan y hurtan;20 Mas haceos tesoros en el cielo, donde ni polilla ni orín corrompe, y donde ladrones no minan ni hurtan: 21 Porque donde estuviere vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón”.
Oremos para sabernos posesiones del Creador y por ende sus siervos.



