
Mi Kabbala – Elul 12, 5785 – Viernes 5 de septiembre del 2025
¿Costumbres?
El Texto de Textos nos revela en Levítico 19:37, “guardad, pues, todos mis estatutos y todas mis ordenanzas, y ponedlos por obra. Yo el Creador”.
Nuestra mayor riqueza como creyentes es respetar los preceptos y mandatos divinos, que nuestro Señor Jesucristo resumió en amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos y, lógicamente, al Creador por encima de todas las cosas, visión que debería traducirse en trabajar arduamente, a diario, no tanto para acumular tesoros en esta tierra, sino para ganarnos la entrada al reino de los cielos, analogía que igualmente nos denota la importancia de ser guiados por los mensajes del evangelio los cuales nos llevan a esa fe en donde reflejamos ese amor (אַהֲבָה, ahavá) celestial.
Fraternidad que es el propósito general de un universo que anhela que la humanidad alcance un estado de perfección (Tikun) en el que todos los seres vivos formemos una sola familia, un hogar común en el que nos consideremos más que prójimos; hermanos, coexistiendo en pro de nuestro bienestar general, siendo el servicio el que nos permitirá a través de nuestras decisiones, iluminar al mundo y fluir armónicamente desde nuestros corazones, vinculándonos cada vez más al Creador, ofrendándole (Korban, קָרְבָּן) incluso nuestras intenciones, sacrificando así esos deseos pecaminosos.
Buena parte de las tradiciones, incluyendo la del pueblo judío que guarda profundamente los mandatos de la Torá y sus preceptos (Mishná, מִשְׁנָה), nos invitan al estudio continuo y a la memorización de algunos versículos como una forma de entender que todo nuestro ser se debe acoger no solo a esas costumbres transmitidas oralmente desde el principio, sino en pro de un actuar cotidiano fraternal en donde esas plegarias realmente nos reconecten con el Creador quien desea que seamos útiles a Su obra razón de peso para que se humanara, haciéndose a nuestra imagen para redimirnos a través de Su sacrificio en la cruz, rompiendo así el velo de nuestros pecados.
Debemos vivir atendiendo estas tradiciones Bíblicas: ley del otorgamiento (הענקה, ha’anaká), que nos habla de dar sin esperar nada a cambio en la búsqueda de elevar nuestra alma, lo cual nos permite lograr esa trascendencia que nos alinea con su Espíritu logrando de esta manera que nuestro cuerpo, como templo, fluya holística e integralmente, por lo tanto en vez de descalificar algunas leyes debemos cualificarnos con Su palabra, la misma que a través de la oración nos enseña a integrarnos a su esencia.
En la naturaleza misma están todas las instrucciones divinas en pro de acercarnos a Él, siendo necesario servirle, alabarle, agradecerle: obedecerle, haciendo de esos Sus preceptos, propósitos de vida, motivaciones que nos obligan a aceptar que es por su gracia (חֵן, chen) que existimos y que fruto de Su misericordia no estamos muertos y sin esperanza, lo que simplemente por fe nos reitera que Él no vino a abolir normas, sino a darnos otra salida gracias a una ley superior: la de Su amor.
El Texto de Textos nos revela en Mateo 5:17, “no penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. 18 Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.19 De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos. 20 Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”.
Oremos para que el amor sea nuestra mejor obra.



