
Mi Kabbala – Elul 4, 5785 – Jueves 28 de agosto del 2025
¿Libros?
El Texto de Textos nos revela en Amos 3:7, “En verdad, nada hace el Señor omnipotente
sin antes revelar sus designios a sus siervos los profetas”.
La Biblia en su Antiguo Testamento contiene 46 libros, según los católicos o 49 si se cuenta de forma separada el capítulo 6 del libro de Baruc o los capítulos 13 y 14 del libro de Daniel. Quizá por ello los ortodoxos hablan de 52 libros, aunque los evangélicos mencionan 39, sin embargo, todos tienen en cuenta el canon judío del Tanaj o libros protocanónicos, que nos proyectan grandes diferencias ya que allí no se visionan los 27 libros del Nuevo Testamento y atendiendo o no estos 66 libros, lo que si debe quedarnos claro es un gran mensaje: “he ahí el cordero del Creador que quita el pecado” (jattáʼth, חטא).
El Tanaj (תַּנַךְ), que se remonta al siglo II D.C., específicamente el año 70, según la tradición de un conjunto de ancianos rabinos, etapa posterior al asedio de Jerusalén, establece de forma definitiva los libros que conformarían el Canon Palestinense. A dichos libros se les conoce como protocanónicos, siendo la Torá la que nos presenta el relato de la creación y la identidad judía a través de cinco libros que, a diferencia del Talmud, proponen una serie de leyes basadas en la tradición oral de la Torá, las cuales presentan un carácter y una composición común.
Desde dicha perspectiva, se cree que la Torá nos proyecta en Génesis al Padre Creador, Elohim (אֱלהִים), para lo cual se nos entregaron unas leyes, mandatos y preceptos, dados luego de desobedecerle en Éxodo. En este libro, nuestro Padre misericordioso, Hashem (השם), se convierte en nuestro redentor y libertador, el Ser que, en Levítico, se nos muestra como el Padre sacerdote, quien para nosotros los creyentes se convierte en el mismo sacrificio para salvarnos, visión que nos reitera que solo a través de Él mismo y de la guía del Espiritu Santo es que podemos vivir conforme a esa Su palabra y por lo tanto redimidos de ese pecado original.
En el libro de Números (בְּמִדְבַּר, Bamidbar), se nos presenta cómo Él mismo, conduciéndonos por el desierto, nos organiza como pueblo, de tal manera que nuestras interrelaciones nos conviertan en una familia que pone sus dones al servicio de todos. Cada tribu tiene, entonces, una responsabilidad única, lo que implica que, en el milenio, cuando nuestro Señor Jesucristo nos restaure completamente, tendremos que rendir cuentas de dichos talentos. Esto, como enseñó Moisés en Deuteronomio, el libro que completa el Pentateuco, significa que debemos ser guiados por Su Palabra, que está en nosotros.
Esta mirada, que los creyentes debemos traducir en orientarnos por ella y a través de ella a cada instante, asume que es Su Palabra la que nos guía, revelándose y manifestándose en todo gracias a esas chispas de luz, se trata entonces de releer sus versículos y de atenderla ya que fruto de nuestras confusiones nos confundimos con otros destellos, afirmando que allí esta escrito, lo cual solo nos Aleja de Su bondad y misericordia, las cuales son infinitas, razón de peso además para que obviemos que Él nos hizo a Su imagen y semejanza, mientras nosotros tristemente preferimos seguir de espaldas, en medio de la oscuridad y el caos (בַּרְדָּק, bardak) que nos cogobierna.
El Texto de Textos nos revela en II de Timoteo 3:7, “Estas siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad”.
Oremos leyendo la vida y viviendo sus enseñanzas.



