
Mi Kabbala – Elul 5, 5785 – Viernes 29 de agosto del 2025
¿Candelabros?
El Texto de Textos nos revela en Éxodo 27:20, “Y mandarás a los hijos de Israel que te traigan aceite puro de olivas machacadas para el alumbrado, para que la lámpara arda continuamente”.
Quienes entienden el mundo de la semiótica y sus símbolos nos proyectan a través de la menorá ese mundo espiritual que de alguna forma reordena lo material, razón de peso para que Moisés construyera el Tabernáculo como ejemplo de cómo cohabitamos con Él gracias a que Su presencia siempre esta presente, luz que llevada a los candelabros labrados a martillo en oro puro, con siete brazos, uno al centro y tres a cada lado, decorados con copas en forma de flor de almendro, manzanas y flores, nos dan la idea que Él como escudo, nos protege y guía, habitando con su esencia en todo, siendo nuestro cuerpo templo (הֵיכַל, hekal) de encuentro permanente con Él.
El candelabro de siete lámparas permaneció hasta que se construyó el Templo de Salomón, donde se reelaboraron cinco candelabros a cada lado, lo que generó la creencia de que solo en las iglesias a Él encontraríamos, perspectiva que nos llama a reinterpretar la menorá (מנורה) y Su luz, entendiendo que ella solo refleja la necesaria presencia del Creador entre nosotros para no seguir a oscuras, y es que al igual que el arbusto en llamas desde donde habló a Moisés en el desierto, Él nos llama a estar cerca alejándonos de esa sombra, permitiéndonos vislumbrarle como nuestro Árbol de Vida.
Son signos, símbolos: revelaciones que llevados a analogías como la del milagro del aceite que tuvo lugar en el Templo de Jerusalén, que conmemora Janucá (חנוכה, ḥanukka) y su candelabro que no tiene siete, sino nueve brazos, conocido como januquiá o menorá de Jánuca, se nos invita a como creyentes a no perder de vista la idea principal en donde necesitamos de Su iluminación, entendiendo que las ramificaciones o familias a las que pertenecemos deben irradiar y proliferar esa luminosidad guiando así a toda la humanidad y enseñando de ello a las nuevas generaciones.
Proyectar estos emblemas o escudos, gracias a nuestros imaginarios colectivos, nos permite representar aquel campo de azur como menorá o simplemente como un candelabro, en algunos momentos rodeado por una rama de olivo a cada lado, o como sucede en algunos hogares o establecimientos, simbolizando la presencia del Creador con su Luz, lo cual simplemente nos reitera que, para que esas llamas divinas prevalezcan en nuestro ser, debemos retroalimentarnos del aceite (שָׁ֫מֶן, shemen) de Su amor, que más que parafina tiene como esencia al mismo Espíritu del Creador.
Son tradiciones, costumbres y creencias que nos llevan a encender velas (מִפְרָשׂ, mifras) y a contar con estos insumos inanimados que complementan nuestras oraciones. Sin embargo, esto no debe apartar nuestra mirada de Él, quien con Su poder y fuerza cohabita entre nosotros y que es a través de nuestra fe en Él que podemos ser transformados, alejándonos de las históricas idolatrías que con sus distractores simbólicos nos han llevado a buscar luces artificiales que impiden una verdadera iluminación interior, de allí la importancia que tengamos presente que Él está allí en nosotros atendiendo nuestro clamor.
El Texto de Textos nos revela en Hebreos 9:2, “porque había un tabernáculo preparado en la parte anterior, en el cual estaban el candelabro, la mesa y los panes consagrados; éste se llama el Lugar Santo”.
Oremos para que nuestro corazón se mantenga encendido.



