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Mi Kabbala – Jeshván 13, 5785 – Jueves 14 de noviembre del 2024.

¿Entendimiento?

El Texto de Textos nos revela en Malaquías 4:4, “acordaos de la ley de Moisés mi siervo, al cual encargué en Horeb ordenanzas y leyes para todo Israel. He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición”.

Aceptar que, producto de su contracción voluntaria, el Creador retrajo gran parte de la totalidad de su luz hacia sí mismo, creando un espacio vacío para, con esos fragmentos, dar lugar a la creación mediante el vibrar de su palabra, es asumir que los átomos de este universo, empaquetados como materia con sus moléculas, interconectan todo lo que existe. Esta perspectiva, llevada a nuestra dimensión terrenal, nos recuerda que, como seres vivientes, nos debemos a Él, y que nuestra voluntad como fuerza —koaj (כּיחַ)— debe fluir armónicamente con lo creado.

Este plan fue preconcebido para que, como sus hijos (בֵּן), nos recreáramos en su obra, un libre albedrío del cual derivan nuestras intenciones, que, producto del lenguaje, reproducen más que conceptos abstractos: nuestras vivencias, en las que predomina, cual alucinación, la desobediencia del pecado. Esto nos mantiene separados, reproduciendo esos imaginarios hasta que nos volvamos más conscientes y nos retroalimentemos de su palabra, del Verbo, nuestro Señor Jesucristo, quien, como Árbol de la Vida, nos guía de retorno a través del Espíritu Santo.

La emanación —Atzilut o Olam Atsilut (עוֹלָם אֲצִילוּת)— nos permite comprender, como fruto de esa sabiduría, partes de la creación, nuestra formación y materialización. Este proceso nos guía hacia esa otra realidad espiritual con la que debemos proponernos integrarnos, al reconocernos como parte de ella a través de esta dimensión material que, vista desde lo mental, sesga nuestros imaginarios limitados y finitos, y reduce nuestra capacidad para explicar, desde nuestra simbología, su luz. Necesitamos que nuestro entendimiento se nutra de su sabiduría.

Somos parte de la creación, y esas manifestaciones, cual senderos, las entendemos a través de nuestro lenguaje; conocimiento que, como estados o sefirá, nos ilumina sobre nuestra esencia. Signos lingüísticos —alef, mem y shin— que, con el vibrar de su palabra, generaron otras siete letras dobles: bet, guímel, dálet, kaf, pei, reish y tav, así como doce letras elementales: hei, vav, zain, tet, iud, lámed, nun, samaj, ain y kuf. Estas letras, con sus destellos, nos orientan hasta integrarnos como cuerpo, mente y alma a su Espíritu, que con su fluir amoroso usa este templo material para iluminar nuestro entendimiento.

Comprender ese Árbol sefirótico significa ver en su columna derecha un aspecto expansivo, masculino y activo, donde predomina la fuerza; a la izquierda, las características restrictivas, limitantes, femeninas y pasivas, donde prevalece la forma; mientras que en el centro percibimos el equilibrio, tal como se desarrolla el pulso de la vida. El triángulo superior de esas sefirot —Kéter, Jojmá y Biná— nos proyecta el mundo de la emanación, a través del fuego y su luz. Las siguientes seis sefirot —Jesed, Guevurá, Tiféret, Nétzaj, Hod, Iesod— dan idea de construcción; es el zeir anpín o “pequeño rostro”, que se relaciona con nuestros aspectos emocionales. Finalmente, la última sefirá, Malkut, representa nuestro mundo físico.

El Texto de Textos nos revela en Hebreos 12:25, “Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos”.

Oremos para que en todo podamos vislumbrar la presencia de nuestro Creador.

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