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Mi Kabbala – Jeshván 13, 5786 – Martes 4 de noviembre del 2025.

¿Entendimiento?

El Texto de Textos nos revela en Malaquías 4:4, “acordaos de la ley de Moisés mi siervo, al cual encargué en Horeb ordenanzas y leyes para todo Israel. He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición”.

Producto de su contracción voluntaria, el Creador retrajo gran parte de la totalidad de Su luz hacia sí mismo, generando un espacio vacío para con esos fragmentos dar lugar a la creación mediante el vibrar de Su palabra, lo que implica entender que esos átomos que conforman este universo, empaquetados como moléculas, materia, se interconectan fluyendo de tal forma que podemos coexistir en esta dimensión terrenal, vida que le debemos a Él y que permite que nuestra voluntad como fuerza (koaj, כּיחַ) se cree en Su obra, incluso irrumpiendo en la armonía de la misma.

Plan que fue preconcebido para que como sus hijos (בֵּן), nos deleitáramos en Su obra, un libre albedrío del cual derivan nuestras intenciones, las mismas que a través de nuestro lenguaje reproducen apartes de Su vibrar, conceptos abstractos en los que predominan nuestras alucinaciones fruto de la desobediencia del pecado, el mismo que nos mantiene separados, reproduciendo unos imaginarios irreales que nos llevan a volvernos más conscientes de la necesidad de retroalimentemos de Su palabra, del Verbo, nuestro Señor Jesucristo, quien como Árbol de la Vida, nos guía de retorno a nuestro estado original.

Emanación (Atzilut o Olam Atsilut, עוֹלָם אֲצִילוּת), que nos permite asimilar que es a través de Su sabiduría, como podemos aceptarnos como partes de la creación, asumiendo un proceso de formación que desde la materia y gracias al Espíritu Santo nos va haciendo integrarnos a través del amor, vinculo que le trasmite a nuestra dimensión mental otra perspectiva distinta a aquella egoísta que sesga nuestros imaginarios limitados y finitos reduciendo además nuestra capacidad para explicar esa otra simbología celestial producto de Sus chispas de luz.

Somos parte de la creación, y esas Sus manifestaciones, cual senderos, no las podemos entender a través de nuestro lenguaje, conocimientos que poco pueden vislumbrar en las sefirá, esos apartes de nuestra esencia, en esos Signos lingüísticos (alef, mem o shin) el vibrar de Su palabra y menos en otras letras dobles como: bet, guímel, dálet, kaf, pei, reish y tav, sus revelaciones elementales, generadas desde las 22 letras originales (hei, vav, zain, tet, iud, lámed, nun, samaj, ain y kuf) que con sus destellos nos orientan hasta integrarnos como cuerpo, mente y alma a Él, al iluminar nuestro entendimiento.

Comprender ese Árbol sefirótico significa ver en su columna derecha un aspecto expansivo, masculino y activo, donde predomina la fuerza; a la izquierda, las características restrictivas, limitantes, femeninas y pasivas, donde prevalece la forma; mientras que en el centro ese equilibrio, tal como se desarrolla el pulso de la vida, triángulo superior de esas sefirot —Kéter, Jojmá y Biná que además nos proyecta el mundo de la emanación, Su trinidad: que es fuego y luz, por ello las otras seis sefirot: Jesed, Guevurá, Tiféret, Nétzaj, Hod, Iesod, nos dan la idea de construcción, si ese zeir anpín o “pequeño rostro”, que se relaciona con nuestros aspectos emocionales para denotarnos desde la última sefirá: Malkut, que estamos en este mundo físico para coordinar nuestra voluntad hacia Èl.

El Texto de Textos nos revela en Hebreos 12:25, “Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos”.

Oremos para que en todo podamos vislumbrar la presencia de nuestro Creador.

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