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Mi Kabbala – Jeshván 20, 5787 – Sábado 31 de octubre del 2026

¿Poder?

El Texto de Textos nos revela en Isaías 50:4, “Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios”.

Cada letra, es un signo divino que contiene un trazado; señales, para que tras su significado se nos revelen conceptos capaces de reproducir en nuestros imaginarios Sus mensajes. Los mismos que interpretamos sesgadamente conforme a nuestros desconocimientos y desinformaciones. Es por ello que la letra Álef (א), primer símbolo del alfabeto, mediante sus destellos, genera los movimientos lingüísticos que percibimos a través de nuestro entendimiento que sumados a Bet (ב), como segunda señal, se enciendan esos reconocimientos que nos incitan a transformar nuestras visiones gracias a Su Palabra: bendiciones (berajá, ברכות) que, nos aportan en pro que se ilumine nuestro camino.

Nuestra mente lee esas chispas de luz y va despertando nuestro ser interior; proceso de regeneración que nos reconecta con nuestra esencia. Esa que producto del pecado clama por nuestra comunicación con el Padre Celestial. Oración que a través de esta de Bet (ב), resignifica nuestra forma de acercarnos a Él, gracias no solo al movimiento de esta como de los otros signos lingüísticos, que forman expresiones como bayit (בַּיִת): casa o habitación, reiterándonos que debemos liberarnos de la esclavitud y oscuridad que nos sofoca, iluminándonos con todas las manifestaciones que a través de Su palabra recibimos.

Semántica y significados que orientan nuestras vivencias, disipando esa milenaria confusión, que producto de nuestra grafía y trazados nos distorsionan. Puntos de partida que le dan ese sentido trascendente a todo. Cada signo con sus significantes, ilumina nuestras vivencias y quizá por ello la letra Bet, asociada a la gematría del cuadrado, nos invita a crecer a través de un hogar (bayit, בַּיִת): núcleo familiar (mishpajá, משפחה), que se convierte en eje central de nuestras interacciones. Las mismas que gracias al vínculo del amor se fortalecen dándole a nuestra voluntad una reorientación.

El nombre Caleb (כָּלֵב‎) nos recuerda, desde esa grafía que, Él nos acompaña en este breve proceso terrenal para que no nos perdamos, otorgándonos destellos de esa realidad celestial a través de Su narración. Lenguaje que altera nuestra imaginación con sus chispas de luz para que nuestras expresiones se alineen con aquello que, en lugar de distraernos, fortalezca nuestra confianza tras esa guía. La misma que nos lleva a tener especial cuidado no solo con lo que pensamos y decimos, sino también con el poder que atribuimos al significado de nuestras palabras, ya que estas le dan el sentido a nuestras intenciones.

Él está presente en nuestro cuerpo, como templo, en nuestras casas, iglesias, ciudades y, en general, en nuestras vidas, iluminándonos con Su haz de luz. Sin embargo, somos nosotros quienes decidimos si lo acogemos o por el contrario, nos dejamos seducir por la parte de nuestra dualidad que, como principio rector de la creación, hoy nos cogobierna. Trabajar en pro de la unidad con Su palabra, permite que esa fragmentación no sea la que lidera esa fuerza motriz (me’od, מְאֹד) interior que debe fluir con nuestro libre albedrio en pro que logremos coexistir armónicamente, lo cual significa nuestro renacimiento fruto que hemos logrado una comunicación constante con Él.

El Texto de Textos nos revela en Juan 8:7, “Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. 8 E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra”.

Oremos para que todo nos simbolice nuestro hogar celestial.

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