
Mi Kabbala – Jeshván 3, 5786 – Sábado 25 de octubre del 2025
¿Amados?
El Texto de Textos nos revela en Cantares 8:6, “Como llama divina es el fuego ardiente del amor”.
El concepto de amor (ahavá, אַהֲבָה), nos habla de afecto hacia otro ser, vinculo que nos conduce a través de Su fluir a integrarnos con los demás, propósito fundamental de la vida, pero confundidos por nuestras múltiples búsquedas y sentimientos humanos, a menudo olvidamos esa verdadera razón existencial: dejar de enfocarnos en nosotros mismos, en nuestros egos y deseos, para reconocernos como parte de un todo, aportando a quienes nos rodean, lo cual permitiría apreciar mejor la regla de oro en donde disfrutaríamos de esos auténticos atributos celestiales, más este proceso terrenal que incluye el tránsito por la dimensión del conflicto como un llamado de atención nos habla igualmente de este.
Al estudiar mejor las Escrituras enfocándonos en palabras y nombres claves nos permite interpretar mejor por ejemplo que David (דוד, DVD) es el símbolo de ese afecto celestial. Este hombre amado por su pueblo nos llama como creyentes, a dejar que nuestro corazón se moldee conforme a la voluntad del Creador, aceptando su guía como somos Sus hijos amados, perspectiva que nos permite además asimilar no solo las bondades que recibió David, sino también el cómo el Creador en su amor y misericordia, lo cobijó y lo llevó por buenos senderos en pro que corrigiera muchos de sus errores.
Ese concepto Bíblico de amado (dodi, דוֹדִי) nos lleva como descendientes de David, lógicamente a nuestro Señor Jesucristo, el único y verdadero Rey, símbolo de ese amor perfecto a través del cual se denota cuánto somos apreciados por el Creador, no solo por ser de Su linaje, sino porque somos el propósito principal de Su obra, por ende al hacer analogías como Su iglesia o Su esposa, solo nos pide que mantengamos ese romance eterno con Él, lo que como herederos del Rey, cual Salomón (Jedidías, יְדִידְיָהּ, amado del Señor) significa dar de ese mismo sentir a todos nuestros próximos eternamente.
Desde Melquisedec (מַלְכּי־צֶדֶֿק, Malki-Sedeq, “mi rey es justicia”), rey de Salem y sumo sacerdote, y luego pasando por los demás reyes terrenales subsiguientes como David y Salomón, se nos presenta sin embargo, la figura de nuestro único Señor y Rey celestial: Jesucristo, nuestro pan de vida, quien con su sangre nos redimió, quien nos da la satisfacción de sabernos amados y por lo tanto, dignos de estar a Su lado, llamado para que amemos y nos sepamos amados por quien creo el amor desde antes de existiéramos por lo que no es coherente que sigamos adorando reyes terrenales egoístas.
En Su amor crecemos gradualmente ya que ese fluir exige primero amor propio, punto de partida para que ese vínculo celestial perfecto se irradie en nuestros entornos a través de nuestra familia y luego en esa búsqueda cotidiana de crecer; en nuestros prójimos, logrando esa armonía de vida que como tarea no podemos delegar a terceros ya que es el único requisito para integrarnos a Él a través de esta Su obra: amar plenamente a Él como nuestro Creador, vinculo que nos obliga a usar nuestro lenguaje para alabarle, para bendecir a todos y por todo, a ser solidarios (tzadik, צדיק), a no juzgar, haciéndonos responsables además de guiar a quienes no comprenden el mensaje de Su Palabra, para que así puedan amar a través de nuestro ejemplo servicial.
El Texto de Textos nos revela en I de Corintios 16:14, “Hagan todo con amor”.
Oremos para que sea el amor la luz que guie nuestros días.



