
Mi Kabbala – Kislev 12, 5786 – Martes 2 de diciembre del 2025.
¿Profecías?
El Texto de Textos nos revela en Daniel 7:26, “Pero se sentará el Juez, y le quitarán su dominio para que sea destruido y arruinado hasta el fin, 27 y que el reino, y el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán. 28 Aquí fue el fin de sus palabras. En cuanto a mí, Daniel, mis pensamientos me turbaron y mi rostro se demudó; pero guardé el asunto en mi corazón”.
Cuando se habla de Profecía se nos llama a atender una predicción divina, y aunque se sabe que los profetas (נביא, nǝḇîʾîm) dejaron de visitarnos, siendo el último Juan el Bautista, los creyentes debemos aceptar que dichos mensajes celestiales siempre nos han dado una gran advertencia: arrepentirnos, cambio, que implica amarnos. Predica, que se nos ha dicho desde Noé, quien la transfirió a sus hijos: Can, padre del pueblo de Canaán, quien la trasmitió luego a Sidón, Fenicios, además a los Jebuseos para que generacionalmente entendamos y le atendamos, pero seguimos contaminándonos con idolatrías que como la imagen del Toro Androcéfalo solo nos alejan más y más del Creador.
Pecado (jattáʼth, חטא) que nos ha llevado a obviar no solo las enseñanzas de nuestros profetas o patriarcas: Abrahán, Isaac, Jacob sino sobre todo, los mandatos del Creador, esos, que aún intentan preservar el pueblo de Judá, hijos a la vez de Benjamín, ancestros que iluminaron su entendimiento con otro tipo de conocimientos, sabiduría divina de la que hablan esas profecías dadas a las diez tribus restantes del pueblo de Israel, aposentadas en Samaria en pro que enfatizaran sus búsquedas en adorar al único Creador, mas con todo y ello seguimos negándonos a obedecerle y le ignoramos.
Nuestra historia egoísta confusa se perpetua, denotándonos incluso a través de nuestras grandes ciudades que seguimos sodomizados, reiterándonos en costumbres de la antigua Babilonia: Nínive, por lo que la Nueva Babilonia, Persépolis, Alejandría, así como nuestras metrópolis nos denotan ese modelo egocéntrico pagano que nos ata a las mismas alucinaciones y creencias erradas, paridas luego en Siria, Persia, Grecia con su helenismo, así como en Alejandría, Roma y ahora popularizadas en las nuevas generaciones de Occidente; hábitos que se expanden, haciéndonos suponer como natural y legal lo que es realmente pecaminoso, fruto de un lenguaje confuso que nos ata a babel (בלל, balal).
Malaquías (מַלְאָכִי, Malʾaḫi)como último profeta del Antiguo Testamento nos llama a alejarnos incluso de fanatismos religiosos y enfocarnos más que en las profecías apocalípticas, en una observación juiciosa de nuestras actuales vidas, en donde construimos torres, edificios y estatuas hacía el cielo y hasta enviamos cohetes al espacio, no para dirigirnos a Él, sino para provocarle: retándole, buscando ser superiores.
Nuestro ego de siete cabezas (גַּאֲוָה ga’ava), que enaltece esos nuestros reinos humanos, nos hace pensar que podemos cogobernar el mundo sin sus mandatos, por lo que aunque ya no tengamos esos grandes profetas en cuerpo presentes, el mensaje eterno sigue reiterándonos que estamos muy equivocados y que vamos por mal camino, desatendiendo sus anuncios, revelaciones y manifestaciones, reproduciendo acciones conflictivas que claman porque entendamos y transformemos nuestras vidas.
El Texto de textos nos revela en Apocalipsis 1:10, “Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, 11 que decía: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea”.
Oremos para que no sea tarde cuando por fin escuchemos a nuestro Creador



