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Mi Kabbala – Kislev 2, 5786 – Sábado 22 de noviembre del 2025

¿Desierto?

El Texto de Textos nos revela en Ezequiel 34:11, “Porque así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré”.

El concepto de desierto (מדבר, midbar), nos invita como creyentes a visualizarnos más allá de ese espacio territorial en nuestras mentes en donde nuestras vidas se perciben a la deriva, siendo ese escenario inhóspito el que nos plantea otra orientación, unas nuevas condiciones de supervivencia, contexto en donde reconocemos que necesitamos la guía del Creador como fuente de agua de vida que nos alimenta y alienta, en una dependencia total de Él, lo que como metáfora nos llama a buscar dentro de ese fuego terrenal, Su nube refrescante la misma que nos acompaña en nuestro camino de día y de noche, en pro que logremos la tranquilidad de caminar a Su lado hacia nuestra tierra prometida.

Al mirar más allá de las dunas y los peligros del desierto, plagado de escorpiones (עַקְרָב, acrabbim), donde las posibilidades de subsistencia son escasas, descubrimos que, bajo Su guía, hay otro destino, uno en donde se nos enseña a confiar, tal como lo hizo el pueblo en su ciclo de 40 años, hasta llegar al Sinaí, tierra en apariencia árida, estéril, lo cual representa esa vida eterna, dependiente de Su provisión, mano del Creador que nos guía por todos esos senderos inhóspitos llenándonos de vida, la eterna, lo que explica que Él es nuestra nube de día y nuestro fuego de noche.

Los pastores beduinos que habitan en el Sinaí, expertos en subsistir en este entorno con grandes rebaños de cabras y ovejas, se refugian bajo pequeños arbustos y matorrales y gracias a estas costumbres nos enseñan (מִדְבָּר, midbar), que como ovejas despistadas, necesitamos ser guiados por nuestro Buen Pastor: el Señor y Salvador Jesucristo, confianza que nos permite superar los desafíos que como ciclos terrenales nos llenan de incertidumbre, de “cuarenta ataduras” que solo nos aportan insatisfacciones.

Rubén (ראובן‎, Rŭʾūḇēn, “ver-hijo”) es quizá el ejemplo de un ser que, al igual que nosotros, no comprendió lo que significa ser hijo del Creador, olvidando que Él es nuestro Pastor, por ello, al percibirnos como cabras obviamos ese otro rebaño el mismo que significa un ciclo largo de esclavitud, 400 años que como el pueblo hebreo nos llevan hacia Canaán, nuestra tierra prometida siempre y cuando como rebaños nos sometemos a Su voluntad y guía, iniciando así nuestra recuperación espiritual, haciendo del desierto terrenal el mejor lugar para aprender, pastar, alistarnos y descansar, hasta cumplir con Su plan divino.

Renegamos en el desierto, fruto de nuestros libertinajes, desobediencia que nos impide confiar en un necesario trasegar espiritual para acceder al reino, crecimiento que como lo describe el Midrash (מדרש, hefker), nos proyecta el valor de nuestras decisiones, controlando esos deseemos egoístas gracias a nuestro custodio, prerrequisito indispensable para que nuestro tránsito por este mundo sea de crecimiento espiritual en pro de nuestra reconexión con el Creador, dejando atrás ese ego del pecado que nos mantiene esclavizados a Egipto, escenario que, al igual que el desierto, nos ofrece alucinaciones que no nos permiten reconocernos como hijos.

El Texto de Textos nos revela en Juan 10:11, “Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas”.

Oremos para dejarnos guiar por nuestro buen pastor en este desierto terrenal.

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