
Mi Kabbala – Sivàn 7, 5785 – Miércoles 4 de junio del 2025
¿Pámpanos?
El Texto de Textos nos revela en Ezequiel 47:12, “Y junto al río, en la ribera, a uno y otro lado, crecerá toda clase de árboles frutales; sus hojas nunca caerán, ni faltará su fruto. A su tiempo madurará, porque sus aguas salen del santuario; y su fruto será para comer, y su hoja para medicina”.
La llegada del invierno en algunos territorios trae consigo la vendimia o caída de las hojas pero en el caso del sarmiento, este además debe ser sometido a una poda que elimina debidamente aquellos pámpanos de esta temporada, dejando el árbol listo para la nueva cosecha, lo que significa crecimiento mejorando la próxima producción de uvas (עינב, enav), debido a que la pulpa que contiene los principales componentes del mosto, se renueva, lo que nos enseña de alguna forma a los creyentes la importancia de superar pruebas.
Finalizando el invierno llega el mes de Siván que tiene como símbolo a los mellizos, los cuales representan a Moisés y a Aron, que para algunos estudiosos eran como una sola persona, enseñanza que con su analogía nos denota que no es coincidencia que a través de ellos se halla recibió la Torá, desde esa mirada se celebra en este mes la fiesta de las semanas, después del Pesaj, indicándonos la salida de Egipto (מִצְרָיִם, Mitzráyim) retoño para nuestras vidas esclavizadas cuando nos dejamos guiar por el Creador.
Épocas y festividades que como el Hatzeret, que no solo celebran la diáspora Judía o el Katzir, en donde se cortan los últimos trigos del año y se hace una ofrenda o el Bicurim (ביכורים) nos hablan de ofrendar, de dar nuestros mejores frutos, que como las siete especies de Israel: trigo, cebada, viñas, higueras, granados, miel, y olivares, nos insinúan el percibirnos como esos pámpanos, extrayendo de nosotros lo mejor, teniendo siempre como Luz la Torá, Palabra que nos da mas que mensajes cotidianos, la sabiduría necesaria para poder superar todo lo que a diario se nos presenta.
Somos esa vid, que como arbusto necesita de esas raíces (גֶּ֫שֶׁם, geshem), que con sus sarmientos, hojas, flores y fruto como ramificaciones, nos habla de esas interacciones a través de las cuales vamos creciendo, fortaleciéndonos lumínicamente, lo que implica depender solo de Él, quien nos sustenta retroalimenta y nos da aliento para coexistir, proceso que implica la absorción por parte de nosotros de aquellos nutrientes espirituales necesarios que nos sustentan en ese tronco común que es nuestro Señor Jesucristo, savia del Espíritu Santo, que no solo es vehículo de transmisión de su esencia, sino que con su amor circula para que esos frutos nutran nuestras vivencias.
La palabra pámpano o sarmiento nos recuerda entonces, que nuestra consistencia depende de esa fuente de vida y que Él es nuestro abrigo (me’il, מְעִיל), lo cual nos llama a vislumbrar que en cada época del año Él nos acompaña y guía, por lo que no solo debemos alabarle en nuestros veranos, sino que lo debemos hacer siempre, especialmente cuando como sarmientos suframos ese conjunto de transformaciones, que necesitamos para que su perennidad y alimento nos llene. No perdamos entonces de vista que de esos frutos depende nuestra fe y que Él es quien nos da de su aliento para que incluso esos momentos de poda nos hagan siempre ser mejores seres humanos.
El Texto de Textos nos revela en Santiago 3:13, “¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre”
Oremos para que nuestros frutos sean coherentes a nuestras raíces espirituales.



