
Mi Kabbala – Tamuz 15 – Viernes 11 de julio del 2025
¿Hablar?
El Texto de Textos nos revela en Génesis 2:20, “Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; mas para Adán no se halló ayuda idónea para él”.
Fuimos creados por la Palabra del Creador, lo que significa que cada letra, consonante y término como signo lingüístico nos reproduce un significado, incluso un valor, una imagen la cual regularmente interpretamos acorde a nuestros imaginarios, lo cual nos llama a darle a ese lenguaje un verdadero sentido, unos más trascendente que, con su debido alcance guie nuestras interacciones y vivencias logrando así recrearnos realmente en toda esa obra creadora (מַעֲשֶׂה, maaseh) que creo nuestro amoroso Padre Celestial para que pudiéramos deleitarnos en Él.
Ante la confusión de nuestras lenguas, el castellano tomó la pe, como P o F, obviando estos significantes, como la importancia de entender que todo lo que nuestra boca pronuncia crea, quizá por ello a través de esa letra llegamos a Pi (Π, π) que en griego es número infinito para recordarnos que ese señal y su equivalente cirílico con su valor gematrico de 80 (פ) u 88 (ף) nos revela un llamado a una apertura, la misma que clama para que nos percibamos como parte integral de un todo, como hijos del Creador, para que entendamos que somos eternos y que estamos llamados a recrearnos en Su creación.
El Creador dijo y formó con Su palabra todo en lo que nos reconocemos, es por ello que cada letra contiene esa fuerza divina que materializa nuestras vivencias. Por ejemplo, la letra Pe (פ o ף) décima séptima del alfabeto fenicio y hebreo, materializada en nuestras vivencias nos habla más que de un concepto, de un Verbo que se encarnó, denotándonos cómo desde el silencio fuimos forjados, incitándonos a callar más que a hablar, a mirar (Ayin) lo que boca expresará, a abrir nuestras percepciones, más allá de ese órgano físico para que las imágenes en que nos recreamos nos permitan llenar nuestro vacío con las chispas de Luz de la palabra creadora.
Todas nuestras expresiones nos comunican e integran, inclusos los silencios ya que en esos espacios están los misterios en donde podemos irnos reconociendo como partes fundamentales de esta obra que complementa nuestra comunidad, y es que aun sin lograr colocarnos en común a través de nuestro lenguaje, nuestra boca (פֶּה, peh) nos reitera a través del aliento de vida que traspiramos que Él es quien nos anima y alimenta con su soplo de vida, intercambios que nos colocan además en comunión con Él y esa narración que descrita en su palabra reconocemos como vida.
Quizá, como Isaías, necesitemos que nuestros labios se sellen con fuego (אֵשׁ, esh) y que nuestra boca no solo se mantenga mojada, para intentar purificar y refrenar esa lengua indómita que encuentra en los dientes otra barrera, lectura que le da a este instrumento reproductor de palabras esa connotación de ser a Su imagen y semejanza para crear, necesitando por ello que nuestros Verbos al encarnarse busquen nuestra redención y no el atarnos a más pecados, razón de peso para que construyamos una nueva realidad, una que nos refleje esa esperanza divina, a través de la cual podemos proyectar otro tipo de alucinaciones donde podamos alinearnos más a Su plan: a Su voluntad.
El Texto de Textos nos revela en Santiago 3:2, “todos fallamos mucho. Si alguien nunca falla en lo que dice, es una persona perfecta, capaz también de controlar todo su cuerpo”.
Oremos para que nuestras palabras recreen los mensajes del Creador.



