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Mi Kabbala – Tamuz 25, 5786 – Viernes 10 de julio del 2026

¿Cabello?

El Texto de Textos nos revela en Levítico 19:27, “No cortaréis en forma circular los extremos de vuestra cabellera, ni dañaréis los bordes de vuestra barba”.

Varios versículos bíblicos nos recuerdan que cada cabello de nuestro ser es contado por el Creador y bajo esa lógica, la misma ciencia nos enseña que en cada molécula está presente Él, ADN que nos habla de esa nuestra esencia divina la cual se encuentra en cada hilo de nuestro cabello (שֵׂעָר, sear), razón de peso para que algunas mujeres cubran su cabeza con una pañoleta para reflejar ese estado social de compromiso con el Creador. Incluso otras creencias no corta el cabello al hijo varón por primera vez antes de los tres años, dejando crecer dos tirabuzones en ambas sienes, en pro de enseñarnos a los creyentes que también la barba nos recuerda el reconectar cerebro y corazón.

Todo nos habla de Él, los nazareos (נָזִיר, nazir), por ejemplo nos insinúan el apartarnos para Él, por ello no se rasuran, reconociendo que cada vellosidad es como kipá física. Corona anatómica que nos reconecta con Él como Su creación. Lo que denota que en cada átomo hay un punto de conexión que nos refleja esa perfección divina. Incluso todo nos integra y por ello los vasos capilares cumplen ese rol de nutrir de oxígeno con otros componentes nuestros seres, retroalimentándonos de Su obra en pro de nuestro crecimiento integral, propósito que nos reconfirma que estamos llamados a la unidad divina.

El voto del nazareo en otrora, debía cumplir por ende con una serie de rituales y normas para poder considerarse apto, lo que suponía una profunda pero elevada experiencia mística, cuyas dinámicas apartaban a estos seres de la materia física para acercarlos más a la esencia divina. Así, los nazareos de aquellos días lo eran por un período no inferior a treinta años o toda una vida, entregada desde el vientre de sus madres, como fue el caso del quizás más famoso de los nazareos: Sansón (שִׁמְשׁוֹן, Shimshon) quien pese a considerarse fuerte físicamente, fue muy débil espiritualmente.

La misión de los nazareos les prohibía consumir o tocar productos derivados de la vid, tocar nada que estuviera muerto, fuera animal o persona, además de no cortar su cabello. Más allá de las complejidades poco comprensibles al respecto, debemos como creyentes, saber que cada cabello de nuestro ser le pertenece al Creador y que en cada filamento o molécula de nuestro cuerpo hay transmisión de esa vida. No es gratuito entonces que el Talmud sugiera no cortar el cabello de los costados que crece entre las orejas y la sien (פֵּאוֹת, peyot), con el único fin que logremos estar prestos a atender y escuchar las recomendaciones de nuestro Creador, a mantenernos fieles a Su palabra.

Tradiciones que nos hablan de esos 613 preceptos que de generación en generación (מִצְוָה, mitzvá) deben guiarnos para ofrendar nuestras existencias al dador de la vida, quien nos llama a servir; a colocar todo nuestro ser en pro de serles útiles a Su obra, lo que significa que nuestro cabello más allá de verle como algo estético, está allí para recordarnos que debemos ser mejores, promoviendo con ello relaciones fraternales que eviten agredir a nuestros próximos, sabiendo que Él tiene en cuenta hasta lo más pequeño (קָטָן, katan) ya que cada molécula de nuestro ser debe reintegrarse con esa su esencia.

El Texto de Textos nos revela en Lucas 21:18, “pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. 19 Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas”.

Oremos para que nuestra propia vida sea una ofrenda diaria al Creador.

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