
Mi Kabbala – Tihsrei 4, 5787 – Lunes 14 de septiembre del 2026
¿Árbol?
El Texto de Textos nos revela en Genesis 2:9, “Y el Seños nuestro Creador hizo brotar de la tierra todo árbol agradable a la vista y bueno para comer; asimismo, en medio del huerto, el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal”.
Cada signo, letra, palabra y versículo del Texto de Textos nos llena de representaciones que nuestros seres interpretan con un significado común gracias a nuestro lenguaje. Por ello esas letras hebreas originales: yod (י), he (ה), vav (ו) nos hablan de Él, de algo más que Su nombre: YHWH (Yahvé, Jehová, יהוה). Vibración que nos proyecta esas señales divinas para recrearnos con gratitud a diario en esta Su obra. Lo que nos llama a reinterpretar nuestros signos lingüísticos de tal forma que nos acerquemos cada vez más a esa otra realidad celestial, a ese nuevo sentido trascendente que logra integrarnos a Él.
Su voz mueve a través de dichas chispas de luz, el mundo. Conceptos e imaginarios semióticos que nos reorientan. Conciencia que hace vibrar también nuestro ser. Lo que explica que nos nutramos de ese árbol (etz, עֵץ) de vida, que da armonía a nuestros huesos (etzem, עֶצֶם) y un fluir a corazón y razón. Entendimiento que nos guía a través de Su narración plasmada en la Biblia, en pro de consolidar esa otra realidad más fraternal y servicial, dándole así a nuestras vivencias una nueva estructura que dependa más de nuestro salvador y redentor: Jesucristo (Yeshúa – יֵשׁוּעַ), que del conocimiento.
Comprender en su totalidad estas señales comunicacionales debe reorientarnos para leer en esos signos y en sus diferentes combinaciones los atributos divinos que se articulan con nuestro ser y con el universo mismo, gracias a esa Su luz, la misma que nos relaciona con todos los elementos de la creación. Es por ello que Él como Árbol de la vida nos muestra esa estructura en las Sefirot (ספירות) o Sefirá (“emanaciones”), expresiones que por su raíz (Mispar, מִסְפָּר) o “número”, nos invitan a percibirle en cada signo, en su valor, ese que matemáticamente nos confirma a través de la sabiduría divina que nuestras coexistencias dependen y necesitan de Él o de lo contrario nuestros resultados serán caóticos.
Las Sefirot, como diagrama, nos presenta a través de sus senderos (derek, דֶּרֶךְ), elementos fundamentales para interpretar mejor esas chispas de ideas que se reproducen en nuestras mentes, denotándonos en esas diez dimensiones el cómo alinearnos a esos senderos del universo infinito que se articulan a nuestro mundo en pro que coexistimos armónicamente, recibiendo lo necesario de esos transformadores de energía para que en nuestras vidas podamos reconocer nuestra verdadera esencia, ajustándonos así a Su plan, el mismo que nos llama a ser útiles a Su obra a través de nuestros dones.
Profetas como Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel (nabi, נָבִיא) nos llaman por ello, continuamente a profundizar en la Palabra del Creador, en la Torá, para que a través de ella seamos guiados y alimentados de los nutrientes del Árbol de la Vida: Nuestro Señor Jesucristo, quien nos propone a través del amor, afirmarnos en esa raíz interrelacional, la cual le da a esos signos lingüísticos limitados y finitos por nuestros conceptos, otra proyección, una que llena nuestros imaginarios mundanos de esa simbología celestial.
El Texto de Textos nos revela en Apocalipsis 22:1, “Y a cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce clases de fruto, dando su fruto cada mes; y las hojas del árbol eran para sanidad de las naciones”.
Oremos para nutrirnos a diario del Árbol de la Vida: Jesucristo.



