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Mi Kabbala – Tishrei 3 – 5787 – Domingo 13 de septiembre del 2026

¿Entendimiento?

El Texto de Textos nos revela en Proverbios 2:5, “porque el Señor da la sabiduría; conocimiento y ciencia brotan de sus labios”.

Nuestras palabras contienen una decodificación espiritual, por ello, cada signo lingüístico nos proyecta a través de su imagen la representación de un objeto, el cual ubicamos en un espacio: realidad fragmentada que tomamos sin embargo de las revelaciones divinas que con las chispas de Luz de Su palabra iluminan nuestras vivencias. Manifestación que nos orientan para volver a nuestro estado original nutriéndonos así del Árbol de la Vida. Sefirot (ספירות) que nos brindan la posibilidad de reconocernos, alejándonos de esas interpretaciones limitadas de nuestros lenguajes, para con esas ideas alucinantes enfocarnos menos en nuestros distractores egoístas y más de Él.

Nuestra conciencia reinterpreta esa realidad compartida y a través de dicho lenguaje alejado de Su Palabra, reproduce ese imaginario egoísta, siendo necesario que a través de Su Espíritu nos reconectemos con Él mediante la oración, escenario que nos ofrece producto de sus destellos la iluminación a nuestras oscuridades, las mismas que se magnificaron para la humanidad luego de la confusión de las lenguas de Babel (בבל). Hoy debemos transformar nuestro lenguaje para poder releer los mensajes divinos en esas nuestras mentes alucinantes que necesitan ser guiadas por Él.

Producto de esa narración: la de esa Palabra del Creador, proyectamos dicha energía e nuestras vivencias. Movimiento que le da al universo y a nosotros mismos las motivaciones para visionar en cada letra, más que palabras (bereshit, בְּרֵאשִׁית), la orientación hacia Él. Señales que iluminan nuestra cabeza (rosh, ראש) para que podamos reencontrarnos con Él a través de nuestro diario proceso de vida. Plan que nos creó y en el que nos recreamos por ser a Su imagen, así hoy estemos esclavos de esas nuestras mentes. Razón de peso para llenar con Su Luz y Palabra nuestro ser, corazón y vidas.

Su Palabra (demut, דמות) contiene por lo tanto, desde Adán (אדם), esas manifestaciones que reconocemos hasta en nuestra sangre (dam, דם). ADN que se contaminó al desobedecer en el Jardín del Edén, profanando esa semejanza divina y desatando una confusión que reprodujo el pecado en todo nuestro linaje. Desorientación que sin embargo aun nos permite recrearnos en Él pero de una forma distinta, siendo necesario alinearnos con esas mismas 22 letras o símbolos divinos, para consolidar nuevos imaginarios que nos otorguen interrelaciones e intercambios comunicacionales armónicos.

Sangre (dam) que nuestro Señor Jesucristo (segundo Adán), verbo encarnado, derramó en la cruz para devolvernos esa semejanza divina (demut) y así nuestra vasija mental, que recibe la luz de esa Palabra del Creador, sea la que nos refleje a través de ese utensilio corporal, el surgimiento de lo que reconocemos como una nueva vida, siendo Su Espíritu el que le da a esas decodificaciones lingüísticas otra lecura. La misma que nos permite reinterpreta nuestras vivencias, vernos en esa otra realidad, en esa Su verdad, la cual nos otorga un nuevo sentido a nuestro actual entendimiento (biná, בִּינָה), razón de peso para no seguirnos dejando guiar por nuestro lenguaje vulgar y confuso.

El Texto de Textos nos revela en Juan 1:7, “Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz. Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo”. 

Oremos para que la palabra del Creador ilumine nuestro diario entendimiento.

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