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Mi Kabbala – Tishrei 4, 5786 – Viernes 26 de septiembre del 2025.  

¿Árbol?

El Texto de Textos nos revela en Genesis 2:9, “Y el Seños nuestro Creador hizo brotar de la tierra todo árbol agradable a la vista y bueno para comer; asimismo, en medio del huerto, el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal”.

Cada signo, letra, palabra y versículo del Texto de Textos nos llena de representaciones que nuestra alma interpreta con un significado común a través del lenguaje y aunque este parte de las letras hebreas originales: yod (י), he (ה), vav (ו) que reconocemos como Su nombre: YHWH (Yahvé, Jehová, יהוה), hoy ni si quiera este nos proyecta esas señales divinas para recrearnos con gratitud a diario en esta Su obra, por lo que debemos buscar interpretar nuestros signos lingüísticos de tal manera que nos acerquemos cada vez más a esa otra realidad celestial a ese nuevo sentido, en pro de integrarnos a Él.

Su voz mueve a través de estas chispas de luz el mundo y en nuestros conceptos e imaginarios semióticos esta esa reorientación, conciencia que hace vibrar nuestro ser, lo que explica que nos nutramos de ese árbol (etz, עֵץ) que da armonía a nuestros huesos (etzem, עֶצֶם) y vida así como otra razón de ser a nuestro entendimiento siempre y cuando nos guiemos por Su narración plasmada en la Biblia, consolidando  esa otra realidad terrenal, más fraternal y servicial, dándole así a nuestras vivencias una nueva estructura que dependa más del Árbol de la Vida: Yeshúa (יֵשׁוּעַ), que del conocimiento.

Comprender en su totalidad estas señales comunicacionales debe reorientarnos para leer en esos signos y en sus diferentes combinaciones los atributos divinos que se articulan con nuestro ser y con el universo mismo, gracias a esa Su luz, la misma que nos relaciona con todos los elementos de la creación, es por ello que el Árbol de la vida nos  proyecta las Sefirot (ספירות) o Sefirá (“emanaciones”), expresión que por su raíz (Mispar, מִסְפָּר) o “número”, nos invita a percibir en cada signo su valor, ese que matemáticamente nos confirma a través de la sabiduría divina que nuestras coexistencias dependen y necesitan de Èl o de lo contrario nuestros resultados serán caóticos.

Las Sefirot, como diagrama, nos presenta, a través de sus senderos (derek, דֶּרֶךְ), elementos fundamentales para interpretar mejor esas chispas de ideas que se reproducen en nuestras mentes, denotándonos en esas diez dimensiones el cómo alinearnos a esos senderos del universo infinito que se articulan a nuestro mundo en pro que coexistimos armónicamente recibiendo lo necesario de esos transformadores de energía para que en nuestras vidas podamos reconocer nuestra verdadera esencia, ajustándonos así a Su plan el mismo que nos llama a ser útiles a Su obra a través de nuestros dones.

Profetas como Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel (nabi, נָבִיא) nos llaman continuamente a profundizar en la Palabra del Creador, en la Torá, para que a través de ella, seamos guiados y alimentados de los nutrientes del Árbol de la Vida: Nuestro Señor Jesucristo, Salvador, quien nos propone a través del amor, afirmarnos en esa raíz interrelacional, la cual le da a esos signos lingüísticos limitados y finitos por nuestros conceptos, otra proyección que llena nuestros imaginarios mundanos de esa simbología celestial lumínica.

El Texto de Textos nos revela en Apocalipsis 22:1, “Y a cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce clases de fruto, dando su fruto cada mes; y las hojas del árbol eran para sanidad de las naciones”.

Oremos para nutrirnos a diario del Árbol de la Vida: Jesucristo.

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