
Mi Parashá – Génesis 10:25
Enfocarnos en los herederos de Éber es de suma importancia para comprender nuestra herencia hebrea, ya que ellos fueron los responsables de mantener viva la Palabra del Creador mientras sus otros parientes parcelaban y dividían la tierra, apropiándose de ella.
Así como Éber (עֵבֶר), cuyo valor es 272, nos llama a la trascendencia y a una conexión con lo que está “más allá”, Péleg (פֶּלֶג), cuyo valor es 113 y significa “división”, nos proyecta esa separación o partición que aún hoy forma parte de las complejas creencias de nuestra humanidad. Esta historia de divisiones, vista desde la diversificación de nuestras culturas y lenguas, parece necesaria para que, a través de ella, vayamos descubriendo nuestras complementariedades en favor de la unidad.
Sin embargo, dicho proceso ha incrementado nuestra visión de fragmentación, alejándonos aún más de la luz del Creador y de su guía. Este egocentrismo ha prolongado la visión de Caín, llevándonos a asesinarnos sin razón. Es necesario que, con Joctán (יָקְטָן), cuyo valor es 169, comprendamos la idea de pequeñez o modestia (ya que “katan” en hebreo significa pequeño), llamándonos a la humildad. Esta capacidad de reconocer nuestra pequeñez frente al vasto universo y la sabiduría divina debe ajustarnos a nuestra verdadera realidad.
Así que, si Éber simboliza la transmisión de la sabiduría y la conexión espiritual a lo largo de las generaciones, y Péleg la división y separación, el inicio de una diversificación en la humanidad, tanto cultural como espiritual, Joctán es un llamado a la humildad y modestia, para mantenernos conscientes de nuestra posición en el mundo.
Por lo tanto, aunque debemos aceptar y entender las divisiones (Péleg) en la vida, ya sea en términos de desafíos, cambios o diversificación, como oportunidades para el crecimiento y la expansión, también debemos recordar que la humildad (Joctán) es un llamado para reconocernos como pequeños fragmentos de Su luz que deben interconectarse para lograr la unidad del todo.



