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Mi Parashá – Génesis 10:26

Los hijos de Joctán, descendientes de Éber, deben alinearse con esa modestia y humildad que, dentro de nuestro proceso de expansión y multiplicación, es vital. Almodad (אַלְמוֹדָד), cuyo valor es 79, inicia esta genealogía para ofrecernos la idea de una “medida” o “estimación”, es decir, de la necesidad de evaluar y medir nuestras acciones y pensamientos. Esta introspección y autoevaluación requieren de la oración como un insumo fundamental para el crecimiento.

Shelef (שָׁלֶף), con un valor de 310, a través de sus símbolos lingüísticos, nos habla de recompensa y plenitud. Nos sugiere que, mediante la introspección y la humildad, podemos alcanzar grandes recompensas trascendentes que a veces confundimos con bendiciones terrenales, las cuales, incluso, pueden ir en contra de estos propósitos.

Jatzarmavet (חֲצַרְמָוֶת), “Chatzarmavet”, con un valor de 414, que proviene de la palabra “mavet” (muerte), nos recuerda que, aunque tenemos una interpretación física de la muerte, desde lo espiritual es una transformación, una transición para renacer y alcanzar un nuevo estado del ser, siempre y cuando descubramos voluntariamente ese renacimiento espiritual en esta vida.

Por su parte, Yaraj (יָרַח), como parte de este proceso de enseñanza a través de nuestra genealogía, tiene un valor de 218 en la gematría. Al estar relacionado con la luna (“yeraj”, “mes”), nos ofrece la idea de ciclos o fases naturales en nuestro día a día, que nos llaman a adaptarnos a estos procesos de crecimiento, sintonizándonos con los ritmos naturales que, aunque no comprendemos del todo, tienen que ver con enseñanzas espirituales.

Por lo tanto, si nos proponemos practicar la humildad (Joctán) como base para nuestro desarrollo espiritual, podremos evaluar y medir nuestras acciones (Almodad), logrando alinearnos con los valores y metas espirituales. Estas búsquedas trascendentes nos ofrecen una recompensa final (Shelef), a través de la cual podremos asimilar la transformación (Jatzarmavet) que significa la muerte, necesaria tanto para nuestro crecimiento terrenal como para renacer. De este modo, asumiremos esos ciclos naturales (Yaraj) como aprendizajes para fluir con los ritmos de la vida, que es eterna.

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