
Mi Parashá – Génesis 10:32
La dispersión de las naciones y las familias que descienden de los hijos de Noé (נֹחַ), cuyo valor es 58, después del diluvio, refleja que estamos llamados a la salvación gracias a un renacimiento. Este renacimiento, posterior al diluvio, nos recuerda la gracia divina, simbolizada por el número 58, que se asocia con “Chen” (חֵן), la gracia que nos llega a través de nuestro Señor Jesucristo, quien nos redimió como el segundo Adán, permitiendo así la continuidad de la humanidad.
Somos una sola familia (מִשְׁפְּחוֹת – Mishpechot), cuyo valor es 1036, y por ello debemos multiplicarnos y expandirnos espiritualmente a través de nuestras relaciones humanas. Esta diversidad, que nos otorga una naturaleza única, es también la que complementa y enriquece la unidad a la que estamos llamados.
El concepto de naciones (גוֹיִם – Goyim), con un valor de 59, se refiere a las naciones no israelitas, que en su multiplicidad han seguido otros caminos, apartados de lo espiritual, adoptando culturas egoístas y paganas que surgieron después del diluvio. Aunque estas manifestaciones humanas son válidas, es fundamental que mantengamos siempre nuestra conexión con lo divino.
Desde esta perspectiva, la tierra (הָאָרֶץ – Ha’aretz), con un valor de 296, donde estas naciones se desarrollan, nos habla de nuestro verdadero sustento. Nos recuerda que debemos buscar un lugar donde las manifestaciones divinas puedan revelarse, guiándonos hacia la unidad dentro de nuestra diversidad.
El diluvio (הַמַּבּוּל – HaMabul), cuyo valor es 78, como evento cataclísmico, simboliza la purificación y el renacimiento. Este suceso nos enseña que nuestras grandes pruebas nos llaman a una nueva creación y a la renovación de la vida, que es eterna.
Al apreciar la gracia y la esperanza (Noé), podemos superar las pruebas y avanzar hacia la renovación. Por ello, debemos valorar la diversidad (familias y naciones) como una fuente de riqueza y aprendizaje mutuo, cuidando y nutriendo nuestro entorno (la tierra), reconociendo su papel crucial en la manifestación de nuestras vidas y culturas. Esto nos permite ver los desafíos (el diluvio) como oportunidades para la purificación y el crecimiento, comprendiendo que las crisis pueden llevarnos a nuevos comienzos.
Toda la humanidad post-diluviana proviene de Noaj, a través de sus tres hijos. Pero después, en Génesis 11, ocurre la Torre de Babel, y allí Dios dispersa y confunde los idiomas.
Lo que implica que la multiplicidad es parte del plan divino. El Zóhar (Bereshit 73a) enseña que el Creador no busca uniformidad, sino unidad en la diversidad. “El Santo, Bendito Sea, creó diferentes formas, idiomas y razas para que Su nombre fuera revelado en muchas manifestaciones.” Así, la diversidad de razas, culturas y credos no es una contradicción al origen común, sino la expresión múltiple de una misma chispa divina adaptada a distintas vasijas.
Las diferencias tienen propósito espiritual. Cada grupo humano representa una “vasija” espiritual única, capaz de manifestar ciertos aspectos del Infinito.
Shem: Semitas (Hebreos, Árabes, etc.) Conciencia espiritual, conexión divina.
Cam: África, Egipto, Canaán. Fuerza vital, cuerpo, impulso, energía base
Yafet: Europa, Asia Menor. Belleza, estética, filosofía y arte.
La sabiduría cabalística ve esto como tres columnas del Árbol de la Vida: derecha (Jesed), izquierda (Guevurá), y centro (Tiféret). Juntas, forman el equilibrio del mundo.
Noe: נֹחַ (Noaj), valor 58 Igual que חֵן (Jen) = Gracia.
אָדָם (Adam), ser humano, valor 45, todos somos ramas del mismo árbol genealógico.
שְׁפָתוֹת (Sfatot), idiomas, 786 = Or (luz, 207) x 3 + 165 → luz triple.
דָּת (Dat), religión valor 404 = תִּקְוָה (Tikvá) = esperanza.
La variedad de lenguas (שפות) no es confusión, sino múltiples prismas de la luz divina. La religión no debe ser barrera, sino esperanza común hacia una fuente compartida.
La Cábala enseña que antes de la entrega de la Torá, toda la humanidad tenía una misión espiritual universal (las siete leyes de Noaj). Con Abraham, surgió un pueblo encargado de una misión específica: revelar la luz en este mundo. Sin embargo, los demás pueblos no quedaron excluidos, sino que: Conservan su conexión con Dios a través de sus caminos espirituales propios
También participan del Tikún Olam – la reparación del mundo. En el pensamiento cabalístico profundo (como en Rav Kuk y el Zóhar), se dice que: “Cada religión verdadera contiene una chispa del Ein Sof (Infinito), esperando ser reconocida, elevada y unida.”
La Cábala no reconoce superioridad racial. El cuerpo es solo la vestidura externa del alma. Lo que importa es la raíz espiritual (שורש נשמה – shóresh neshamá). Como dicen los sabios: “Más importante que de quién vienes, es a dónde vas.” Toda alma —sea judía, no judía, de cualquier color o lengua— es parte del plan divino y tiene acceso a la Luz.
Venimos del mismo origen —Noaj— pero tomamos distintos caminos para cumplir el propósito común: revelar la luz del Creador. Las diferencias en raza, idioma o religión no son errores del sistema espiritual, sino piezas del rompecabezas sagrado.
Cada alma tiene una chispa de la Divinidad. Y cuando uno reconoce eso, se une al secreto del Shalom verdadero —la paz que viene no de la igualdad, sino del respeto por la unicidad de cada uno.



